Y convencido de que Ra-Ra, por ser igual á él, sólo podía decir tonterías cuando estaba furioso, prescindió de su persona para ocuparse únicamente de Popito. ¿Era posible que miss Margaret fuese á morir cuando él la había salvado?… Volver atrás resultaba imposible; en la tierra de los pigmeos sólo les esperaba la muerte. Lo mejor era ir al encuentro de los gigantes de su especie, para que aquella pobre joven recobrase la salud. Pensó además que los buques de la flota, avisados por el gobierno, navegarían ya á estas horas para darle caza, y era necesario pasar cuanto antes la barrera de los dioses.
Gillespie volvió otra vez á empuñar los remos, bogando con un vigor maravilloso del que no se habría considerado capaz días antes. Le pareció que el cansancio era algo que su cuerpo no podía conocer. También creyó sobrenatural que el día se prolongase más allá de sus límites ordinarios. El sol parecía inmóvil en el horizonte. Llevaba horas y horas remando, sin que sus brazos se fatigasen y sin que el astro diurno descendiese hacia el mar.
Popito, al permanecer fuera de su encierro, respirando el aire salino, pareció reanimarse. Sonreía dulcemente, con la cabeza apoyada en una rodilla de Ra-Ra. Sus ojos estaban fijos en los ojos de él, que la contemplaban verticalmente. Después, estrechándose las manos, paseaban los dos sus miradas por aquel mar misterioso y temible, poco frecuentado por los seres de su especie. Pasaron junto á una roca cubierta de plantas marítimas, en la que Gillespie sólo hubiera podido dar unos veinte pasos.
—Aquí está sepultado mi glorioso abuelo—dijo Ra-Ra. El mar se iba rizando con largas ondulaciones que hacían cabecear al bote y hubiesen representado un oleaje de tormenta para los buques de la escuadra del Sol Naciente. Los dos amantes miraban con espanto el movimiento de la enorme nave.
—¡Atención, hijos míos!—dijo Gillespie—. Vamos á pasar la llamada barrera de los dioses, y las rompientes nos sacudirán un poco.
Dobló su chaqueta sobre la popa y puso entre los pliegues á los dos pigmeos. Luego siguió remando, de pie y con la vista fija en la línea de escollos, para enfilar á tiempo los callejones de espuma hirviente abiertos en ella.
El bote se levantó sobre las olas y volvió á caer, tocando varias veces con su quilla los obstáculos invisibles. Terminaron los sacudimientos al quedar atrás la línea de rocas submarinas, y un mar de azul obscuro y profundo se extendió sin límites ante la proa del bote.
—Entramos en el mundo de los Hombres Montañas—gritó alegremente
Gillespie.
Después de estas palabras se hizo inmediatamente la noche, y Edwin sintió de golpe toda la fatiga de los esfuerzos que llevaba realizados.
Buscó en su cesto de provisiones lo que le pareció más exquisito, depositándolo á puñados sobre su chaqueta para que comiesen los dos amantes refugiados en sus pliegues. Él también comió, tendiéndose después en el fondo de la barca para dormir.