La señora Gillespie, mamá de todos ellos, estaba más bella que nunca, con ese esplendor de verano hermoso que proporciona la maternidad y un aterciopelamiento azucarado de fruto en plena sazón.
Pero de pronto su fantasía optimista se estremeció, dando un salto atrás. Acababa de ver á alguien que había olvidado. La solemne mistress Augusta Haynes pasó ante sus ojos. ¿Cómo se portaría con él?… ¿Sería la serpiente del paraíso que acababa de crear?…
Su optimismo acabó por no tener en cuenta el aspecto imponente y duro de la madre de Margaret. El fondo de su carácter tal vez era bondadoso, como afirmaba la hija.
—¿Y si no lo es?… ¿Y si no lo es?…
Gillespie, ante tal duda, se sintió con un alma enérgica hasta la crueldad.
Lo que él deseaba era que Margaret le amase siempre. Contando con el cariño de su esposa, no había suegra que le infundiese miedo.
Nueva York y San Francisco están á orillas del mar, y él se acordó de lo que había hecho cierta noche, estando en la playa, con el ilustre Momaren, Padre de los Maestros y madre de la dulce Popito.
Y lo que hace un gigante puede repetirlo igualmente un simple hombre, siempre que no le falte buena voluntad.