Los señores del Consejo miraron con interés á Flimnap después de sus últimas palabras, apreciándolo como un profesor de mérito que había vegetado injustamente en el olvido, y merecería en adelante su alta protección. También halagó los gustos del rector, poderoso personaje cuyos consejos eran siempre escuchados por los señores del organismo ejecutivo.
El Padre de los Maestros—pues tal era su título honorífico—gustaba mucho de los poetas, y hasta hacía versos cuando no estaba preocupado por sus averiguaciones históricas. Todos los escritores de la República alababan sus poesías como obras inimitables, siendo tales elogios el medio más seguro de alcanzar un buen empleo en la Enseñanza pública.
Al verlo Flimnap en el estrado de los señores del gobierno, se apresuró á darle la noticia de que el gigante era también poeta, aunque «á su modo», con toda la grosería y la torpeza propias de su sexo, pero añadiendo que, á pesar de tales defectos, propios de su origen, parecía poseer cierto talento.
—¡Oh Padre de los Maestros!—dijo—. Mañana tendré el honor de entregarle una traducción hecha en nuestro idioma de los versos que he encontrado en el cuaderno de bolsillo del Gentleman-Montaña. Sería deplorable que los altos señores del Consejo decidiesen su muerte. Mi gusto sería traducir al inglés algunas de las inmortales obras de nuestro admirable Padre de los Maestros, para que ese pobre gigante se entere de que nuestra poesía ha llegado á una altura que jamás conocerá él, no obstante la grandeza material de su organismo.
Sonrió el Padre de los Maestros con modestia; pero esta sonrisa dió la seguridad al profesor de que la vida del gigante estaba asegurada y que éste tendría ocasión de leer los versos del rector traducidos al inglés.
Luego, Flimnap recomendó á todos los ocupantes del estrado gubernamental que mirasen al monstruo con los lentes de disminución que había traído un compañero suyo de la Universidad, profesor de Física, pues así podrían apreciarle tal como era.
Al entrar al día siguiente en el despacho del jefe mensual del gobierno, vió con alegría que el doctor Momaren, el Padre de los Maestros, estaba hablando con el supremo magistrado. Flimnap, antes de dar cuenta al presidente de todos sus trabajos, ofreció á Momaren varias hojas de papel con la traducción de los versos de Gillespie. El Padre de los Maestros, colocándose ante los ojos unas gafas redondas, empezó su lectura junto á una ventana. Cuando Flimnap acabó su informe sobre los trabajos para la instalación del gigante, el personaje universitario se aproximó conservando los papeles en su diestra.
—Algo flojitos—dijo con una severidad desdeñosa—. Son indiscutiblemente versos de hombre, y de hombre enorme. Pero sería injusto negarle cierta inspiración, y hasta me atrevo á decir que aquí entre nosotros aprenderá mucho, si es que llega á ejercitarse en el idioma nacional.
—Para eso, ¡oh Padre de los Maestros!—dijo Flimnap—, será preciso que el pobre gigante viva.
—Mi opinión es que debe vivir—interrumpió el presidente—. Mi esposa y mis niñas lo encontraron ayer muy simpático al verle entrar en la ciudad. Un hijo mío, que es del ejército del aire y montaba una de las máquinas que lo condujeron, me ha contado cosas muy graciosas de él. Todos los muchachos de la Guardia gubernamental lo encuentran igualmente muy agradable, y hasta algunos afirman que es hermoso…. Tuvo usted una buena idea, profesor Flimnap, al aconsejar que lo mirásemos con lentes de disminución…. Yo opino que debemos dejarle vivir, aunque sea únicamente por una temporada corta. Resultará carísimo, pero la República puede permitirse este lujo, lo mismo que mantiene á los animales raros de su Jardín Zoológico. Y usted ¿qué opina de esto, ilustre amigo Momaren?