La vida es hermosa, y él reconocía que guarda dulzuras y misterios no sospechados por la Universidad.
Para vencer esta emoción inoportuna, se fué fijando en los personajes que llenaban el patio. Un estrado, todavía desierto, era para el Consejo Ejecutivo, los ministros y demás dignatarios. En otros estrados, ya casi llenos, estaban los padres y los esposos de todas las damas que ocupaban las galerías. Flimnap conocía á muchos por los retratos aparecidos en los periódicos. Eran personajes parlamentarios, famosos á causa de sus discursos. Algunos habían pertenecido al Consejo Ejecutivo y deseaban volver á él, apelando á toda clase de intrigas para conseguirlo.
Guiado por la curiosidad y los comentarios de varias damas barbudas, acabó por fijarse el profesor en una de las mujeres que ocupaban el estrado de los senadores. Era Gurdilo, el célebre jefe de la oposición al actual gobierno: una hembra alta, desprovista de carnes, con el cutis avellanado como si fuese de correa, y unos tendones gruesos y tirantes que se marcaban en el cuello, en los brazos y en las demás partes visibles de su cuerpo. Los ojos tenían una agudeza fija é imperiosa, y su gesto era avinagrado, como de persona eternamente indignada contra todo lo que no es obra suya.
El profesor, que por vivir dedicado á sus raros y profundos estudios concedía escasa atención á las cuestiones de actualidad, no se había fijado nunca en este personaje; pero ahora le miró con gran interés. Adivinaba en él á un enemigo del Gentleman-Montaña. Bastaría que el gobierno decidiese el indulto de Edwin para que Gurdilo aconsejase su muerte, como si de esto dependiese la felicidad nacional. Además, el diario que pedía la supresión del Hombre-Montaña había ya reproducido en una de sus ediciones ciertas palabras inquietantes del temible jefe de la oposición.
Vió el profesor cómo agitaba los brazos con violencia al hablar á sus compañeros del Senado, al mismo tiempo que fruncía el entrecejo y torcía la boca con un gesto de escandalizada severidad. Esto le hizo creer que estaba protestando de la ceremonia presente, de que el pobre gigante hubiese sido conducido á la capital; en una palabra, de todo lo hecho por el Consejo Ejecutivo y de cuanto pensase hacer.
Pero las observaciones del profesor fueron interrumpidas repentinamente por el principio de la ceremonia. La música militar, que seguía tocando en el patio, quedó ensordecida por el redoble de una gran banda de tambores que se aproximaba viniendo del interior del palacio.
Los altos y poderosos señores del Consejo Ejecutivo sólo podían presentarse en las ceremonias oficiales rodeados de gran pompa.
Entraron en el patio los tambores, que eran unos treinta, y detrás de ellos igual número de trompeteros. A continuación desfiló una tropa del ejército de línea, ó sea de aquellas muchachas con casco de aletas que Gillespie había visto al despertar. Los soldados iban armados, unos con arcos y otros con alabardas. Después pasaron los guardias porta-espada, llevando con la punta en alto y sostenidos por sus dos manos cerradas sobre el pecho unos mandobles enormes que brillaban lo mismo que si fuesen de plata.
De los tiempos del Imperio quedaba aún el ceremonial absurdamente ostentoso de que se rodean los déspotas. Varios pajecillos pasaron moviendo altos abanicos de plumas blancas para que ningún insecto viniese á molestar á los cinco magistrados supremos de la República. Después fueron desfilando éstos uno por uno, pero no á pie, sino en cinco literas llevadas á hombros por hijos de personajes influyentes, pues tal honor representaba el principio de una gran carrera administrativa. Las muchachas portadoras de las literas del Consejo eran enviadas después á gobernar alguna provincia lejana.
Pasaron igualmente las literas de los presidentes del Senado y de la Cámara de diputados, y á continuación la del rector de la Universidad, que tenía la forma de una lechuza y era llevada á brazos por cuatro profesores auxiliares. Finalmente, cerraban la marcha, pero á pie, los ministros, los altos funcionarios y un destacamento de la Guardia gubernamental con largas lanzas.