Los cinco gobernantes, obedeciendo á la ley que reglamentaba las ceremonias públicas, iban vestidos con un lujo deslumbrador. Se envolvían en mantos bordados de oro, y sobre sus cabezas llevaban unas tiaras del mismo metal con adornos de piedras preciosas. Querían imitar el esplendor de los últimos emperadores del país, para que el pueblo se convenciese de que los elegidos de la República no eran menos importantes que los antiguos déspotas. Bajo su uniforme esplendoroso los cinco afectaron una actitud de hipócrita indiferencia, mirando sin expresión alguna la máquina que acababa de entrar en el patio. El rector Momaren también hizo un gesto igual, y hasta Gurdilo permaneció inmóvil, imitando la actitud del odiado gobierno. Todos fingían no conocer el mecanismo de acero ni sentir interés por averiguar su uso.

Las señoras y señoritas empezaron á bostezar de aburrimiento en las galerías altas. Las cosas de la industria pertenecían á las mujeres. ¿Cómo podía interesar á los hombres un armatoste metálico?…

En cambio, las muchachas de la Guardia sentíanse atraídas de un modo irresistible por este objeto enorme y desconocido. Al verlo, latían en su interior confusos instintos, y fué tan fuerte su curiosidad, que hasta olvidaron la disciplina. Varios porta-espada, dejando en el suelo su brillante mandoble, se confundieron con los esclavos medio desnudos, deseosos de tocar y examinar de cerca el misterioso mecanismo.

Mientras tanto, el personaje encargado de la lectura del inventario recitaba á través de su portavoz los informes del profesor Flimnap. El sabio no vacilaba en declarar públicamente que le era totalmente desconocido el uso de esta máquina, sin que sus lecturas ni sus deducciones le permitieran suponer á qué era dedicada entre los gigantes.

—¡Muy bien!—dijo por lo bajo el presidente del Consejo Ejecutivo.

Y el Padre de los Maestros manifestó con una grave sonrisa el mismo contento.

Estos personajes, en el primer instante, habían sentido indignación viendo entrar en el patio á la tal máquina. Consideraron esto como una torpeza del Comité de recibimiento del Hombre-Montaña, que casi equivalía á un delito contra la seguridad del Estado. Pero cuando pensaban ya en qué castigo deberían imponer á Flimnap y sus compañeros, los párrafos obscuros y descorazonantes del profesor hicieron resurgir su optimismo y su bondad.

Una de las varias muchachas de la Guardia que curioseaban en torno del revólver se había quitado el casco para asomarse á la negra boca del cañón del arma. Al fin acabó por meter toda su cabeza en el tubo obscuro, sacándola poco después completamente desfigurada. Su rostro aparecía tiznado de negro y sus melenas sucias de hollín.

El accidente hizo reir á los graves personajes de las tribunas, y el sexo débil de las galerías se unió á la hilaridad general.

Mientras tanto, el profesor Flimnap, por medio del texto del inventario, formulaba una opinión decisiva. Este aparato debía guardarse para siempre en la Universidad, á fin de que los sabios se dedicasen á su estudio, si lo juzgaban interesante. Por eso la Comisión había creído oportuno traerlo á este acto en vez de dejarlo á bordo de la flota, donde sólo podía servir para suposiciones erróneas y perturbadoras.