Pero volvamos á Eulame. Al verse solo, se lanzó á predicar entre sus compatriotas las ventajas de la civilización de los gigantes. Los descontentos del Imperio, que eran muchos, vieron en él un jefe que podía sustituir á la dinastía reinante. Los sabios le escucharon como un maestro divino, y todas las universidades fueron declarándose discípulas suyas. De entonces data la introducción del inglés en este país como idioma secreto y sagrado, que sirvió para entenderse á las personas de clase superior.

¡Las cosas que hizo Eulame en poco tiempo! Jamás se conoció en nuestra historia una actividad como la suya. El pueblo no pudo creer que fuese un hombre igual á los demás, y le tuvo por hijo de los dioses. Hasta la industria del país la modificó radicalmente en pocos meses. Implantó entre nosotros todos los progresos mecánicos que había visto en el mundo de los colosos. Nuestros ingenieros, que hasta entonces habían marchado á ciegas, moviéndose siempre dentro del mismo círculo, luego de escuchar las lecciones de Eulame vieron nuevos caminos abiertos ante sus ojos, y se lanzaron por ellos, haciendo descubrimientos con una rapidez vertiginosa, inventando casi instantáneamente lo que había costado tal vez largos años de meditación en el país de los gigantes.

El último emperador intentó asesinar al profeta; pero éste poseía la fuerza, y creyó llegado el momento de pasar de las palabras á la acción. Había traído del otro mundo los explosivos y las armas de fuego. Los ricos industriales partidarios del eulamelismo fabricaron secretamente un material de guerra igual al de los Hombres-Montañas, y bastó que mil discípulos con fusiles y cañones marchasen contra el palacio del emperador para que éste huyese, acabando en un momento la dinastía secular.

Las viejas tropas, armadas con arcos y lanzas, se desbandaron, dando vivas á Eulame, al recibir la primera granizada de balas de sus partidarios. El Regenerador fué elevado entonces á la dignidad imperial, y empezó el período más agitado, más sangriento é interesante de nuestra historia.

Debo advertir que como entonces dirigían los hombres la marcha del país, tuvieron el cinismo de dar el nombre de época gloriosa á un período en el que murieron millones de personas, siendo además incendiadas muchas ciudades, que aún no están reconstruidas, y devastadas provincias enteras.

Al verse Eulame en el poder, se creyó investido de una misión sobrehumana.

Esta misión consistía en llevar á todas las naciones próximas pobladas por seres de nuestra especie los beneficios de la civilización implantada por él. Además, como disponía de una fuerza superior, necesitaba usarla, lo mismo que el atleta, incapaz de vivir tranquilamente sin dar golpes contra algo para ejercitar sus músculos.

Las tropas irresistibles de Eulame marcharon contra Blefuscú, el pueblo que durante siglos había sido nuestro adversario. Resultó una guerra fácil por la gran desigualdad entre los respectivos armamentos; pero los de Blefuscú se defendieron con esa tenacidad irracional que la Historia llama heroísmo, dejándose matar en cantidades enormes.

Después de haber dominado á esta nación, el conquistador llevó sus armas á otra, y luego á otra, no quedando continente ni isla que dejase de reconocer su autoridad imperial. Pero la misma grandeza de su éxito pesó sobre él, acabando por aplastarle. Sus generales obedecieron á esa ley de los hombres según la cual todo discípulo, cuando se ve en lo alto, debe atacar á su maestro.

Llegó un día en que los belicosos caudillos que gobernaban por delegación las tierras conquistadas se sublevaron contra Eulame. Todo lo que éste había aprendido en el país de los gigantes lo comunicó confiadamente á sus allegados: los nuevos medios de destrucción eran ya del dominio común; sus adversarios sabían lo mismo que él; ya no era un semidiós, era un hombre como los otros. Y como sus enemigos resultaban mucho más numerosos, le vencieron en una batalla campal á las puertas de esta ciudad, que entonces se llamaba Mildendo, reuniéndose después en congreso diplomático para decidir su futura suerte.