Las casas editoriales de cinematografía necesitan capitales de millones y crear por su propia cuenta inmensos talleres. Además, les es indispensable tener á sus espaldas la grandeza de una de esas naciones que son primeras potencias industriales, para encontrar con facilidad energías eléctricas gigantescas, fábricas capaces de producir nuevas maquinarias: en una palabra, para disponer de poderosos aliados y servidores.
Por este motivo, el más enorme de los pueblos americanos es y será siempre el primer productor cinematográfico de la tierra. Francia, que inventó la cinematografía, figura actualmente como una simple importadora de films facturados desde Nueva York.
El cinematógrafo ocupa en los Estados Unidos el quinto lugar entre los productos nacionales. Avanza á continuación del acero, el trigo y otros artículos indispensables para la vida.
Hay en aquella República veinticinco mil salas de cinematógrafo, algunas de ellas con lugar para más de seis mil espectadores.
En los miles de ciudades donde viven agrupados sus ciento veinte millones de habitantes, los teatros se mantienen en una situación estacionaria, mientras los cinemas son cada vez más numerosos.
De una obra cinematográfica americana que obtiene éxito en el mundo entero llegan á venderse por término medio doscientas copias. Es lo que se llama, en lenguaje de librería, «una mediana tirada». De estas copias Francia compra tres ó cuatro para «pasarlas» en sus diversos cinemas; España tres; Italia tres ó dos, etc. La Gran Bretaña, que es la mayor compradora de Europa, adquiere once ó quince para la metrópoli y sus colonias.
En total: de las doscientas copias, los Estados Unidos consumen ellos solos ciento veinte, y las ochenta restantes son para los demás pueblos de la tierra. Así se comprende que los cinematografistas americanos, sin salir de su país, puedan cubrir todos sus gastos, que son inauditos, y realizar ganancias. El producto del resto del mundo es para ellos á modo de una propina.
Después de saber esto, reconocerá el lector que el cinematógrafo sólo puede ser americano, y que la suprema aspiración de todo novelista que desee triunfos en el «séptimo arte» consiste en abrirse paso allá … si es que puede, pues la empresa no resulta fácil.
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Pero volvamos á la explicación del origen de este libro.