Adivino en su rostro la curiosidad. Se pregunta usted cómo pudo realizarse esta maravillosa reversión en la preeminencia de los sexos.
Era empresa difícil … pero al fin triunfamos, como va usted á ver.
VI
Donde el profesor Flimnap termina su lección
El hombre no sólo monopolizaba el gobierno, la justicia, la enseñanza y todos los medios de producción; guardaba además las armas, como un privilegio de su sexo. ¿De qué modo vencer á los hombres, cuando disponían de instrumentos destructores como jamás se conocieron en nuestra historia?…
Sus cañones del tamaño de casas, sus fusiles y ametralladoras, que lanzaban plomo con la misma rapidez que una máquina de coser da puntadas, podían suprimir instantáneamente las manifestaciones femeninas, por numerosas que fuesen. Además, la mujer, acobardada por tantos siglos de servidumbre, tenía miedo á los procedimientos de violencia. Sólo las jóvenes que habían cultivado sus músculos en los deportes al aire libre se reían de estos temores de las señoras de salón. Todas se mostraban acordes al lamentar los crímenes de los hombres, pero la situación angustiosa parecía sin remedio….
Y de pronto surgió el hecho providencial y decisivo, un descubrimiento científico que casi puede ser calificado de milagro.
Una de las mujeres nuevas dedicadas á la ciencia orientó sus estudios hacia una finalidad práctica y humanitaria. Quería terminar las guerras definitivamente, y el medio más seguro era conseguir la anulación de todos los descubrimientos industriales empleados por los hombres para exterminarse. Un día, para bien de la humanidad, inventó unos rayos prodigiosos, que debían haberse titulado «la aurora de la nueva vida», pero que la sabia mujer, poco dada á los términos imaginativos, designó áridamente con el nombre de «rayos negros».
Estos rayos, proyectados á largas distancias, hacían estallar todas las materias explosivas, aunque estuviesen preservadas por muros ó por envolturas metálicas. Hasta en el fondo del agua conseguían su objeto los rayos maravillosos.
La sabia genial era en la vida corriente una mujer de cortos alcances, y sólo presintió en su invención un medio de llamar al orden á los humanos, impidiéndoles que insistiesen en sus guerras; como si esto fuese posible quedando en manos del hombre la dirección de la Historia. El Comité supremo de las reivindicaciones feministas vió más claro que esta química ilustre y simplona. Se fué enterando minuciosamente de sus trabajos, y á continuación la guardó presa, con toda clase de miramientos, en una cueva del Club Feminista, para que no pudiese revelar su secreto á los hombres.