Como ya no quedaban armas explosivas, y las que se habían salvado de la destrucción resultaban inútiles gracias á los «rayos negros», no fué difícil evitar la reproducción de los exterminios humanos. No habiendo ya ejércitos de hombres, era imposible que resucitase la guerra.
He olvidado decirle que sobre el mar ocurrió lo mismo que en las ciudades. Los aviones del Comité, con sus temibles chorros de luz negra, suprimieron todas las islas movibles artilladas por los hombres. Apenas fueron volados unos cuantos de aquellos navíos colosales, las tripulaciones huyeron de los demás, dejándolos abandonados en los puertos. Algunos flotaron perdidos en el mar, pues los marineros, á la vista de uno de los aeroplanos femeniles, echaban al agua las embarcaciones menores, escapando del buque, que era para ellos un volcán próximo á hacer erupción. Los submarinos se apresuraron igualmente á ganar los puertos, vomitando toda su gente. Temían á los «rayos negros», capaces de buscarles en las mayores profundidades.
En una palabra, gentleman: acabó el ejército y la flota de los hombres en todas las naciones de nuestra raza. Murieron muchísimos al intentar la resistencia, y los supervivientes quedaron aterrados después de una derrota tan inesperada y completa.
La gran superioridad de nuestro sexo se hizo patente cuando el Comisé femenino, de acuerdo con las mujeres de los otros países, decretó la apertura de una Asamblea para reglamentar la victoria. Nunca se ha visto una reunión política en que se hablase menos y se adoptasen acuerdos prácticos con mayor rapidez.
Los hombres, que durante su larga tiranía se dejaron dominar siempre por oradores, creyendo que un varón de buena palabra sirve para todo y lo sabe todo, han tenido el cinismo de burlarse de las mujeres en muchas ocasiones, asegurando que somos habladoras.
Y sin embargo, nuestra Revolución se hizo sin discursos. Sólo después de pasados algunos años ha renacido la oratoria en este país.
Lo primero que acordaron las mujeres fué suprimir las naciones con todos sus fetichismos patrióticos provocadores de guerras. Ya no hubo Liliput, ni Blefuscú, ni Estado alguno que guardase sus antiguos nombres y diferencias. Todos se federaron en un solo cuerpo, que tomó el título de Estados Unidos de la Felicidad. La capital de esta confederación verdaderamente pacífica fué Mildendo, por haber partido de ella el movimiento libertador; pero se despojó de su nombre, que databa de los antiguos emperadores, para llamarse en adelante Ciudad-Paraíso de las Mujeres.
Al terminar la influencia de los hombres, disminuyó el descontento social y perdieron su fuerza amenazante las teorías sobre la supresión de la propiedad, el nuevo reparto de la riqueza y otras utopías. La mujer es profundamente conservadora y ama la propiedad y el orden. Ella ha sido la que, á pesar de su papel secundario, mantuvo al hombre en la razón durante miles de años y le impidió hacer tonterías irremediables. Sin ella no hubiese podido subsistir la sociedad. El hombre es tan vano y presuntuoso, que apenas discurre un disparate para remediar lo que tal vez no tiene remedio, intenta ponerlo en práctica, lo considera infalible por ser suyo, y se siente capaz de prender fuego al mundo entero á cambio de que triunfe su orgullo de autor.
Al gobernar las mujeres, solucionaron por el sentimentalismo y el instinto lo que los hombres no habían podido arreglar nunca valiéndose de su razón. Los más de los problemas sociales se resolvieron simplemente suprimiendo la envidia. Pero prescindo de entrar en detalles y vuelvo á lo que hicieron los primeros organizadores de la Verdadera Revolución.
Esta Asamblea, creadora de un mundo nuevo, se dió cuenta de que para consolidar su obra era preciso que las futuras generaciones ignorasen el pasado. Todo lo que hacía referencia al período de miles y miles de años durante el cual dominaron los hombres quedó suprimido. Se destruyeron los libros, los periódicos, los monumentos, todo lo que pudiera hacer sospechar á los varones del porvenir la autoridad despótica ejercida por sus antecesores. Únicamente en las bibliotecas de las universidades conservamos las obras de aquellos tiempos; pero sólo tienen permiso para leerlas los profesores de indiscutible lealtad que se dedican al estudio de la Historia.