—¿Y nadie guarda memoria de cómo fueron los poderosos medios destructivos antes del triunfo de las mujeres?…

El profesor pareció dudar, pero al fin dijo con entereza:

—Nadie. Y si alguno lo supiera, aparte de nosotros los estudiosos, procuraría olvidarlo, por ser un secreto cuya revelación acarrea la muerte. No todos los armamentos fueron destruidos por los «rayos negros». Era tan enorme el material de guerra, que permanecieron intactas grandes cantidades en muchas poblaciones de la República. Estos cañones, fusiles, ametralladoras y demás herramientas mortíferas, así como grandes montañas de proyectiles, están guardados en los vastos gabinetes históricos de las universidades, y únicamente nosotros los conocemos.

Algunos gobernantes tímidos hablaron diversas veces de destruir todo esto, pero desistieron al fin, pensando que van transcurridos cincuenta años y la explosión é inutilización de tales materiales serviría para despertar la curiosidad de las gentes de ahora, que no tienen la menor idea de su existencia. Usted no sabe lo bien que ha trabajado nuestra instrucción pública para borrar el pasado.

Yo creo además que no representa peligro alguno la conservación de dicho armamento. ¿Qué podrían hacer con él los que intentasen utilizarlo? Dos mujeres con un pequeño aparato de «rayos negros» bastarían para destruir todas las armas antiguas, y con ellas á los imprudentes que pretendiesen usarlas.

El gigante todavía quiso saber algo más.

—¿Y los hombres se resignarán eternamente á su decadencia? ¿No temen ustedes que algún día surja entre ellos otro Eulame que los lleve á la reconquista de su antigua superioridad?…

Le parecieron tan disparatadas estas preguntas al profesor, que las acogió con grandes risas.

—Imposible, gentleman—dijo al fin—. Sólo puede emitir esa hipótesis el que no conozca cómo hemos organizado nuestra sociedad después de la Verdadera Revolución. Todos los malvados principios inventados por el egoísmo de los varones, cuando éstos dominaban á las hembras, los hemos resucitado nosotras ahora para su esclavitud moral. Las mujeres intelectuales que influyen en la organización presente (nuestros poetas, nuestros filósofos, nuestros moralistas) se muestran acordes en absoluto al enumerar y definir las virtudes masculinas. Un hombre honesto y de buena familia debe salir poco de casa, preocuparse únicamente de su administración, educar á los hijos pequeños, oir en silencio á su esposo femenino, sin contradecirle nunca; evitar las conversaciones sobre cosas públicas, que corresponden únicamente á las mujeres.

Así son los hombres de nuestras familias distinguidas, únicos varones que resultan temibles porque conservan íntegra su inteligencia. Dos generaciones educadas con arreglo á nuestro sistema han bastado para que los hombres no guarden el menor recuerdo de lo que fué su dominación en otros tiempos y se resignen á su estado actual, encontrando dulces placeres dentro de la vida doméstica y una felicidad pasiva en sentirse dirigidos por la mujer….