Gillespie, que después de su primera extrañeza empezaba á sentirse algo ofendido por el hecho de que este animalejo humano se atreviese á parecerse á él, dijo con brusquedad:

—¿Quién es usted?… ¿Cómo se llama?…

—Mi nombre es Ra-Ra, y en cuanto á familia, tuve una en otro tiempo y fué de las más ilustres de este país; pero ahora me conviene no acordarme de ella.

Hubo tal expresión de melancolía en la voz del pigmeo al decir esto, que Gillespie no se atrevió á insistir acerca de su familia, y dió otro curso á su curiosidad.

—¿Cómo sabe usted el inglés? ¿Se lo ha enseñado el profesor Flimnap?

—No; me lo enseñó mi madre, que lo hablaba tan bien como el doctor. En mi familia era tradicional el conocimiento de esta lengua. El profesor Flimnap se interesa por mí porque conoció á mi madre y á otros de mi casa. Pero como el hecho de haber sido amigo de los míos casi representa un delito, el doctor me protege ocultamente y nunca habla de mis padres.

Calló un instante, como si las tristezas de su vida anterior le impusieran silencio. Pero vió tal curiosidad en las pupilas del coloso, que al fin siguió hablando.

—Yo vivía oculto: mi existencia era azarosa; de un momento á otro iba á caer en manos de los enemigos implacables de mi familia, y en tal situación llegó usted á este país. El profesor Flimnap se ha convertido, desde entonces, en un personaje que puede emplear á mucha gente en el servicio del Gentleman-Montaña, y me llamó, dándome la dirección de los hombres encargados del lecho y la despensa de usted. En este edificio, que sólo depende del profesor y del Comité presidido por él, me considero más seguro que si viviese en el Paraíso de las Mujeres.

Gillespie seguía mostrando la misma curiosidad en sus ojos, pues las palabras del pigmeo no llegaban á satisfacerla.

—¿Y por qué lo persiguen á usted?—preguntó—. ¿Quiénes son sus enemigos?