El gigante, para tranquilizarle, lo tomó de nuevo sobre la palma de una mano, subiéndolo hasta la altura de sus ojos. Allí, Ra-Ra, á caballo en un dedo y con las piernas colgantes, pudo continuar su relato.

—Yo supe la verdad sobre los tiempos anteriores al gobierno de las mujeres por los documentos de mi familia. Mi padre dejó á mi madre un cuaderno en el que había descrito cómo era la vida antes de lo que llaman la Verdadera Revolución, y cómo el mundo, gobernado por los hombres, resultaba mejor y más noble que el mundo actual.

El cuaderno estaba redactado en inglés, que era la lengua sabia en los tiempos de Eulame, la que empleaban sus generales para los estudios secretos, la que mi abuelo había enseñado á mi padre y éste y mi madre me enseñaron á mí. Gracias á estar escrito en un idioma sagrado no pudieron enterarse de su contenido las gentes ordinarias entre las cuales pasó mi padre sus últimos años.

Mi madre nunca quiso dejármelo leer. La pobre adivinaba que su lectura acabaría con mi tranquilidad, haciéndome infeliz por todo el resto de mis años. Al morir ella lo recogí como única herencia, y sin saber por qué, á impulsos de un confuso instinto, no quise enseñárselo al profesor Flimnap.

Recuerdo aún las impresiones que experimenté cuando, viviendo al lado del doctor, leí por primera vez sus páginas. La verdad me deslumbró: un mundo nuevo fué abriéndose ante mis ojos. Era mentira que las mujeres hubiesen gobernado siempre el mundo; su triunfo databa de algunos años nada más. En cambio, ¡qué historia tan enorme y tan gloriosa la de la dominación masculina!…

A partir de aquel momento mostré la terrible franqueza de los neófitos. Como poseía la verdad, consideraba necesario proclamarla á gritos, y bastó que un día, conversando con varios estudiantes hembras, dijera solamente una pequeña parte de lo que yo sabía, para que cayese sobre mí una serie de persecuciones que aún no ha terminado.

Momaren, el Padre de los Maestros, habló indudablemente del nieto de Ra-Ra al Comité de supresión del antiguo régimen. Es un Consejo secreto, que desde los tiempos de mi padre persigue todo aquello que puede hacer recordar las épocas pasadas, anulándolo con una crueldad fría ó implacable.

Tuve que huir, y he llevado hasta el presente una existencia vagabunda y aventurera. De vez en cuando la bondad de Flimnap me ha protegido. En los últimos días mi situación era angustiosa. El temible Consejo había averiguado por sus espías que yo estaba de vuelta en Mildendo, ó sea lo que llaman las triunfadoras Ciudad-Paraíso de las Mujeres. Varias veces estuve á punto de caer en manos de sus agentes. Si esto ocurre alguna vez, me llevarán á morir en un islote inmediato á la gran barrera, como murió mi abuelo. Pero la intervención de Flimnap sirvió, como ya dije, para que yo encontrase un refugio aquí, donde me considero casi seguro.

Tal vez se preguntará usted, gentleman, por qué razón vuelvo á la capital y me empeño en vivir en ella, estando aquí el terrible Consejo que me persigue. Nuestra vida nunca es rectilínea ni la gobierna la lógica. En el país de los Hombres Montañas es posible que ocurra lo mismo. Los hombres tenemos un corazón que es á la vez el origen de nuestras desdichas y de nuestras felicidades. No podemos existir sin la mujer, y vamos allá donde ella vive, aunque esto equivalga á marchar al encuentro del peligro.

Gillespie miró con nuevo interés al pigmeo. ¡Quién podía sospechar que este animalejo tuviese unos sentimientos iguales á los suyos!… Le pareció verse á sí mismo cuando se lamentaba á solas en Los Ángeles, después de la desaparición de miss Margaret.