En vista de la conformidad del gigante, el catedrático fué hasta el borde de la mesa dando órdenes á gritos, y los atletas que maniobraban la grúa para subir los alimentos pusieron en actividad otra vez el plato que servía de ascensor. Una vez llegado éste arriba, seis de los hombres forzudos cargaron con un libro del mismo tamaño que el cuaderno empleado por Gillespie para sus notas.
Tenía el volumen unas tapas multicolores, cubiertas de diversas piezas de cuero formando mosaico. Sus hojas eran de triple pergamino, y las traducciones de Flimnap habían sido trazadas con brochas gordas, dando á cada letra el tamaño de la cabeza de un habitante del país.
Gillespie, poniéndose la rodaja de cristal sobre uno de sus ojos, empezó á leer. Los atletas sostenían abierto el libro con visible esfuerzo, pues resultaba este trabajo una empresa digna de su vigor. Mientras tanto, Flimnap iba pasando las hojas y daba explicaciones para que su amigo no tuviese la menor duda sobre el texto.
—¿Qué le parecen estos versos, gentleman?—preguntó cuando estaban ya en la mitad del volumen.
Hizo Gillespie un gesto evasivo. Machas de las imágenes del poeta no podía comprenderlas, aun después de las aclaraciones del traductor. Otras le parecían extravagantes, y tuvo que hacer esfuerzos para no saludarlas con una carcajada. Pero temiendo molestar al buen Flimnap, se apresuró á decir:
—Me parecen excelentes. Lo único que me extraña es ver en la mayor parte da estos versos algo así como una decepción amorosa, una melancolía de pasión sin esperanza. ¡Quién hubiese creído que el respetable Padre de los Maestros fuera capaz de tan frívolos sentimientos!…
El profesor sonrió levemente.
—Ha acertado usted, gentleman. El ilustre Momaren ha sido joven, como todos, y guarda la tristeza de un gran desengaño amatorio. Por eso muchos considerarnos á Golbasto como el primero de nuestros poetas heroicos y á Momaren como el más exquisito de nuestros poetas de amor…. Yo quisiera que usted le manifestase esta tarde la admiración y el entusiasmo que ha sentido al leer sus versos. Piense que es mi jefe; piense que tan poderoso personaje ha ordenado la producción de este hermoso volumen sólo por serle grato, haciendo trabajar en él durante cuatro días á todos los pintores y encuadernadores que dependen de la Universidad, y piense finalmente que el Padre de los Maestros es quien puede influir sobre los altos señores del Consejo Ejecutivo para que le permitan viajar por toda la República acompañándome en mis conferencias, medio seguro de que los dos ganemos riquezas enormes.
Prometió Edwin á su traductor cumplir exactamente tales recomendaciones, y después de la comida de mediodía aguardó, con los codos en la mesa y la cabeza entre las manos, la llegada del jefe de la Universidad y su cortejo.
Durante tan larga espera se entretuvo escuchando, gracias á su aparato auditivo, los gritos y las canciones de los servidores, que se movían como insectos en el fondo de la Galería. Después que toda esta gente hubo comido cerca de las cocinas, el estrépito fué en aumento, cortándose de vez en cuando el vocerío de los pigmeos con las órdenes que gritaban sus diversos jefes. Al fin se cansó de este zumbido de colmena en desorden, y sacándose de la oreja el microfónico aparato, quedó envuelto en un dulce silencio, estremecido apenas por lejanos é indefinibles murmullos.