—Vámonos, profesor—ordenó á Flimnap—. Estamos cansando con una visita demasiado larga á este pobre gigante, que no parece de un vigor intelectual en armonía con su estatura. Despídame de él; dígale que he tenido mucho gusto en conocerle.
Y se puso de pie, acudiendo inmediatamente los dos aspirantes á profesor que sostenían la cola de su toga. También corrieron los portadores de su litera para empuñar los brazos de esta caja portátil. Todo el cortejo universitario, que ya empezaba á fatigarse de una visita larga y sin incidentes, se aglomeró en los escotillones para deslizarse por las cuatro rampas arrolladas á las patas de la mesa.
Flimnap se despidió de su protegido con breves palabras:
-Vendré mañana, gentleman. El Padre de los Maestros le saluda y agradece su atención.
Lo que el catedrático deseaba era volver al lado de Momaren. El entrecejo de éste y su boca tirante y desdeñosa le infundían terror. Se inclinó ante él cuando iba a entrar en su litera, y el eminente personaje le dijo con frialdad:
-Me parece un buen hombre su Gentleman-Montaña, pero sin ningún sentido crítico. En cuanto á sus versos, ya sabe mi opinión: muy flojos; casi diría que son malos.
Fué á meterse en la caja portátil, pero todavía retrocedió para comunicar á su inferior el gran descubrimiento que acababa de hacer. Una cólera sorda y fría había registrado su memoria más profundamente que la vanidad halagada.
-Ya sé á quién se parece su gigante: acabo de descubrirlo. Es un retrato exacto de Ra-Ra, ese loco peligroso, nieto de aquel asesino de las guerras antiguas que se creía un grande hombre. No es una semejanza que haga simpático á su Gentleman-Montaña.
Y después de decir esto se metió en su litera, satisfecho de la confusión y la alarma en que dejaba al buen profesor.
Gillespie, mientras tanto, había levantado el brazo que servía de refugio á los dos amantes. Al ver Popito que el cortejo universitario había abandonado ya la planicie de la mesa, se dirigió hacia uno de los escotillones, despidiéndose antes de Ra-Ra con varios besos.