-Sí, gentleman; tiene una hija, como usted dice, o como nosotros decimos, un hijo, que pertenece á la Universidad y podría ser una de sus mejores glorias. Pero el doctor Popito, además de proporcionar al Padre de los Maestros abundantes molestias en el presente, le recuerda un pasado de sucesos muy tristes.

Viendo que Flimnap callaba, el gigante indicó con un gesto su deseo de saber algo más; pero el universitario se negó á seguir hablando si no se colocaba antes en una oreja aquel aparato que permitía oir las voces más tenues. Temía contar á gritos la historia de las desgracias familiares de su poderoso jefe. Una indiscreción de tal clase aumentaría la frialdad que le mostraba Momaren después de lo ocurrido en la tarde anterior.

Sólo al ver que Gillespie hacía uso del micrófono, siguió diciendo en voz baja:

—La historia del Padre de los Maestros es la historia de todas las mujeres que concentran su felicidad y su porvenir en un hombre, entregándose á esa pasión absorbente y martirizadora que llaman amor. Hace veinticinco años, cuando aún no era jefe de la Universidad, pero ocupaba un asiento por primera vez en el Senado y una cátedra de Historia política, se enamoró de un hombre.

No crea usted, gentleman, que este hombre era un intelectual, digno del afecto de Momaren. Por el contrario, apenas sabía leer y escribir, pero era un buen mozo y disponía á su capricho de todas las artes que cultivan los varones metidos en sus casas para atraer y dominar á las pobres mujeres. Como la mujer vive preocupada por sus negocios y vuelve á su domicilio rendida de tanto trabajar, ignora el modo de precaverse de tan diabólicas asechanzas.

Momaren, que aspiraba á ser un asceta del estudio, dedicando á la ciencia su vida entera, sin las preocupaciones de familia, que estorban la concentración silenciosa del pensamiento, fué débil, y cayó vencido, como cualquiera de esas muchachas del casco con aletas que estudian para oficiales en nuestra Escuela militar. Durante tres años se consideró el profesor más feliz de la República porque tenía á su lado á este hombre seductor y diabólico.

No era aún Padre de los Maestros, pero fué padre de Popito, que nació al año de esta unión.

El caprichoso joven no pudo acostumbrarse á la gravedad amorosa del profesor, á la calma de su casa, y un día se fugó con una cómica, célebre por su belleza, para vagar por los diversos Estados de nuestra patria, llevando una existencia de aventuras y privaciones.

Debe haber muerto hace tiempo; nadie ha sabido más de él. Pero el ilustre Momaren quedó herido para siempre después de esta traición, y muy pocos le han visto sonreir.

El dolor es el agua que riega los jardines de la poesía y hace crecer sus árboles más lozanos. (Esta imagen, gentleman, siempre que la uso en una conferencia arranca murmullos de entusiasmo.) Quiero decir que la mala acción de aquel aventurero sirvió para que Momaren produjese sus mejores obras. Como usted notó durante la lectura de sus versos, este gran poeta sólo canta armoniosamente al recordar sus dolores.