Pero estas palabras resultaban irónicas, pues ninguno de los dos se había movido al llegar el Hombre-Montaña ni parecieron enterarse de su presencia.

Gillespie no pudo ofenderse por este egoísmo, propio de enamorados. También él cuando había conseguido una entrevista con miss Margaret en un paseo de Nueva York ó en un jardín de California, era capaz de no mostrar el menor interés ni llevarse la mano al sombrero aunque pasase por su lado el presidente de la República. El amor tiene bastante con sus propios asuntos y no deja espacio á las otras curiosidades de la vida.

—Ha hecho usted bien, doctor Popito—continuó alegremente—, en aprovecharse cuanto antes de mi permiso. Hablen todo lo que quieran. Aquí tienen al Padre de los Enamorados, que los defenderá del Padre de los Maestros y de todos los Consejos que intenten su persecución. Sobre esta mesa pueden considerarse más seguros que sobre la más alta montaña. Me basta dar un puntapié á sus patas para demoler todos los caminos de subida, cortando el paso á los perseguidores.

Los dos amantes agradecieron al Gentleman-Montaña su protección. Pero á pesar de esta gratitud, se adivinaba en ellos que hubiesen preferido verse solos, sin la obligación de conversar con el gigante.

Gillespie también excusó tal egoísmo; lo mismo le ocurría á él cuando hablaba con miss Margaret. Pero aquella mañana sentía un vivo deseo de ponerse en comunicación con estos dos seres que reproducían su propia existencia como una miniatura reproduce un rostro humano.

—Desde que tuve el gusto de conocerle, doctor Popito—continuó—, llevo en mi memoria una pregunta, y aprovecho la oportunidad para que me la conteste. ¿Cómo usted, una mujer, ama á este hombre terrible que desea la derrota del gobierno femenino y que la sociedad vuelva á estar constituída como antes de la Verdadera Revolución?…

—Le amo—dijo Popito—por lo mismo que soy mujer y quiero continuar siéndolo. No crea, gentleman, que todas las de mi sexo en este país estamos contentas de la tiranía de nuestro gobierno y de la situación abyecta en que mantiene al hombre, haciendo de él un vencido. Del mismo modo que entre los varones se va formando el partido masculista, entre nosotras surge un movimiento de protesta dirigido por las mujeres que aspiran á una vida dulce y de concordia entre los sexos: una vida sin violencias, sin que ninguno de los dos grupos en que se divide la humanidad impere sobre el otro ni abuse de él. No queremos que el hombre sea el déspota de la mujer, como en otros tiempos; pero tampoco que la mujer sea el tirano del hombre, como en la actualidad. ¿Por qué no pueden ser iguales los dos, manteniéndose en inalterable armonía gracias á la dulzura y, sobre todo, á la tolerancia?…

Además, gentleman, yo, como dice mi padre y otras mujeres intransigentes, tengo un alma de esclava, porque á todas ellas les parece una esclavitud no ser las primeras en cualquier momento y no poder dominar y maltratar al ser que marcha á su lado. A mí, la libertad á solas, la independencia áspera y egoísta, no me seducen. Necesito vivir acompañada, verme protegida, apoyarme en alguien, y sólo pido que, á cambio de mi sumisión cariñosa, me respeten, se muestren ciegos para mis defectos y, sobre todo, me amen.

Somos ya muchas las que pensamos así. Tres generaciones de mujeres han vivido como embriagadas por su triunfo, vengándose de un largo pasado de esclavitud con disposiciones atroces. Nosotras no tenemos nada que vengar; hemos nacido dentro de unas familias en las que el hombre ocupa una situación inferior y humillante, y esto nos hace ver el presente con más claridad y más independencia que pueden verlo nuestros progenitores. Es la reacción inevitable después de un período de violencias, el retroceso al buen sentido después de un avance exagerado.

—Pero su Ra-Ra—dijo el gigante—tiene otros pensamientos. Sueña con repetir á favor de los hombres todas las violencias que realizaron las mujeres al ocurrir la Verdadera Revolución.