—¡Oh, los rayos negros!—dijo al fin—. El invento de una mujer bien puede sobrepujarlo el invento de un hombre. Nuestros sabios trabajan…. y no quiero decir más. Vamos á encontrar algo que nos dará la victoria, y yo vendré á salvarle, gentleman, antes de que ordene su muerte el gobierno de las mujeres.
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En el que se ve cómo el Hombre Montaña conoció al fin la Ciudad-Paraíso de las Mujeres, y la deplorable aventura con que terminó esta visita
Después de numerosas peticiones al municipio de la capital y de no menos entrevistas con los personajes allegados al gobierno, consiguió Flimnap ver aceptado el programa de diversiones que había ido formando para recreo de su amigo el gigante.
Una noche guió al Gentleman-Montaña hasta una colina desde cuya cumbre se podían contemplar verticalmente dos grandes avenidas de la capital. Gillespie encontró interesante el hormiguero que rebullía y centelleaba bajo sus pies.
Un resplandor de aurora ligeramente sonrosado iluminaba las calles, sin que él pudiese descubrir los focos de donde procedía. Tal vez emanaba de misteriosos aparatos ocultos en los aleros de los edificios. Pero lo que más admiró fué el continuo tránsito de los vehículos automóviles. Todos afectaban formas un poco fantásticas del mundo animal ó vegetal, llevando en su parte delantera faros enormes que fingían ser ojos y cruzaban el iluminado espacio con chorros de un resplandor todavía más intenso.
La Ciudad-Paraíso de las Mujeres le pareció muy grande y digna de ser visitada.
—No tardará usted en verla toda—dijo el profesor—. Ya tengo el permiso del gobierno. Aprovecharemos la gran fiesta de los rayos negros.
Y fué explicando á Gillespie sus gestiones para conseguir esta autorización y el motivo de que el gobierno hubiese fijado para dos días después la visita del Hombre-Montaña á la capital.
Había que aprovechar una conmemoración histórica, porque en tal fecha la mayor parte del vecindario abandonaba sus viviendas para visitar cierto templo de las inmediaciones. Era el glorioso aniversario de la invención de los rayos negros, considerada como el origen de la Verdadera Revolución. Todos en dicho día querían ver la casita y el laboratorio donde la benemérita sabia había hecho su descubrimiento: modestos edificios cubiertos ahora por la techumbre de un templo majestuoso, en torno del cual se extendían vastísimos jardines.