—Veamos.... Esta estúpida historia de la alsaciana deben darla en alguna parte. Un mal film de ocasión, hecho de recortes. Estará, seguramente, en los cinemas de quinta clase.... Eso es; helo aquí.
Y dirigiéndose á la vieja, le dió el nombre de una calle y el título de un cinematógrafo.
—Un poco lejos, abuela; en Grenelle, al otro lado de París; ¡pero tomando el Metro!... Allí encontrará á su nieto durante una semana.
No se acordó más de ella, para seguir ocupándose del público que entraba y entraba, atraído por el programa nuevo.
La vieja se vió otra vez en la calle. No tenía mas que una idea.
«¡Me lo han matado!—pensaba—. En este día en que todos ríen, me lo han matado por segunda vez.»
Reapareció su enérgica voluntad de luchadora obscura y humilde. Se lo habían matado allí; pero iba á resucitar en otra parte. Debía ir á su encuentro.
Buscó bajo su falda aquella bolsa de tela que contenía sus capitales. Su diestra sólo encontró el vacío. Después de tenaces exploraciones, salieron á luz unas cuantas monedas de cobre sosteniéndose entre sus dedos. Cincuenta céntimos en total.
Sólo disponía de lo preciso para comprar una entrada en aquel cinema desconocido de Grenelle.
No le quedaba dinero para tomar un billete del Metro. Todo lo había gastado en sus ruidosas aventuras de la tarde. Tendría que ir á pie; y era tan lejos.... ¡tan lejos!