Además, hay otro recurso de éxito seguro. Cuando no se sabe qué decir de un enemigo político, ó cuando se recibe el encargo de insultar á alguien que ha pintado el país tal como es, se emplea siempre la misma injuria: «Vendido al pérfido oro yanqui.» ¡Y qué inagotable resulta el tal oro! Todos los días hay alguien que se vende á él por enormes cantidades. Si se suman los millones, tal vez no quepan en la Tesorería Federal.

Y lo más gracioso es que los que escriben esto piensan al mismo tiempo: «¿Dónde demonios estará la puerta de la oficina en la que se hacen tales compras?... ¿Quién será el encargado de recibir á los que desean venderse?...»

Yo mismo, queridos amigos, quisiera saber si ustedes, por ser más viejos en la tierra yanqui, están enterados de á qué personaje hay que dirigirse en Wáshington para dicho asunto. ¡Me gustaría tanto estar enterado!...

Pero ¿callan ustedes?... ¿No saben qué decir?... Sigamos con nuestro general.

Siempre que leía uno de mis artículos contra los enemigos de la candidatura del gobierno, celebraba con entusiasmo los insultos más atroces.

—¡Qué pluma la suya, Maltranita!... ¿Cómo pagarle sus servicios á la buena causa?

Muy fácilmente; yo no podía aspirar á una legación diplomática ni á un ministerio cuando triunfase nuestra candidatura; eso quedaba para los mejicanos. Mis aspiraciones eran más modestas.

—Me contento, mi general, con que me envíe usted á Nueva York cuando vaya allá una comisión á hacer compras para el gobierno. Lo mismo da que compren autocamiones, máquinas de escribir, zapatos ó papel para las oficinas. Sólo pido ser el agente comprador de la comisión. Me doy por satisfecho con el diez por ciento. ¿Que adquieren por un millón?... Cien mil dólares para mí. ¿Que compran por valor de dos?... Pues doscientos mil. Con eso me retiro á España y dejo de escribir, aunque lloren de pena las nueve Musas.

Castillejo juzgaba mediocres mis pretensiones. Ahora trabajaba por hacer presidente á un amigo. Luego le tocaría á él. Sólo tenía que esperar yo cuatro años, y entonces me daría lo que desease.

¡Esperar en un país donde mueren de una manera trágica cuatro presidentes en sólo diez años!... No; prefería que me diesen inmediatamente el modesto cargo de comprador en Nueva York.