Los consejeros de Castillejo seguían, mientras tanto, insinuándole su remedio dulcemente.

—¡Si usted quisiera, mi general!... Una palabrita nada más, diga una palabrita, y no volverá á estorbarle ese mozo.

Pero Castillejo protestaba con una bondad que metía miedo. La alarma de su recta conciencia era para espeluznar á cualquiera.

—¡Que nadie toque á ese hombre!—decía—. Ninguna mano humana debe ofenderle. Supondría, en caso de agresión, que yo ó el gobierno habíamos dado la orden. ¡Lo declaro sagrado!...

Y escuchándole, pensaba que, si mi protector quería declararme «sagrado» con la misma voz y poniendo los mismos ojos, consideraría oportuno tomar el primer tren que saliese para la frontera de los Estados Unidos.

Los incidentes de la campaña electoral hicieron que Castillejo olvidase á Olga. Pero no podía olvidar igualmente al ingeniero.

Seguido de sus apóstoles (dos docenas de inocentes, poseedores de una audacia loca), Taboada iba pronunciando discursos contra el gobierno, que pretendía imponer á la fuerza su candidato, y contra los otros candidatos, generales que no valían más que su contrincante. Él era el «único político civil» capaz de implantar el régimen democrático. Pero nadie le escuchaba, y si la muchedumbre, en calzoncillos y cubierta con enormes sombreros, le oía alguna vez, era para interrumpir sus discursos llamándole «yanqui», «mal mejicano», «traidor» y otras cosas por el estilo.

Ahora, amigos míos, sí que van á conocer ustedes de veras el automóvil del general. Ya entra en escena. ¡Atención!


V