El pobre Taboada estaría, sin duda, en aquellos momentos hablando á Olga de sus ilusiones y sus esperanzas, sin sospechar que la muerte le aguardaba en la calle.
—Debéis mirarlo como persona sagrada—oí que decía el general en voz baja—. ¡Únicamente en caso de que escapase!...
Se trastornó todo el edificio de suposiciones elevado por mi inducción. Si Taboada debía ser sagrado para aquellos hombres, ¿qué podían hacer con él?
Miré repetidas veces hacia el lugar donde sabía que estaba la casa de Olga, pero no alcancé á verla, pues me la ocultaban los árboles.
El general abandonó el volante, cambiando de sitio con su chófer. La habilidad de éste le inspiraba, sin duda, más confianza que su propia habilidad. Hablaron en voz baja, al mismo tiempo que el indio acariciaba las llaves y palancas de la máquina con gruñidos de satisfacción.
Yo no entiendo de automóviles; pero adivinaba en aquel carruaje un organismo maravilloso que iba á obedecer fielmente al espíritu maligno de sus conductores. Parecía muerto, sin el menor latido que denunciase su vida interior; pero bastaba un ligero movimiento de mano para que se estremeciese instantáneamente todo él, como un caballo que desea lanzarse á una carrera loca.
—Prepárese á conocer algo primoroso, Maltranita—dijo Castillejo en voz queda, sin volver la cabeza—. Presenciará usted una caza nunca vista.
Pero ¿qué necesidad tenía este demonio de general de hacerme ver cosas «primorosas»?...
Pasaron cinco minutos, ó una hora, no lo sé bien. En tales casos no existe el tiempo.
De pronto oí un ruido de voces broncas, una disputa de ebrios. Los dos hombres del sombrerón se querellaban bajo los árboles.