La imagen de su esposa Guadalupe iba unida siempre á estos recuerdos de la guerra. Al principio la mujer mostraba cierto pavor; el silbido de las balas parecía irritar sus nervios. Un día, para recoger á su hombre herido, tuvo que lanzarse en pleno combate, y desde entonces consideró poca cosa el intervenir en las operaciones de guerra.

Las «soldaderas» hablaban de ella como de una gloria de su sexo, colocándola al nivel de los jefes más célebres de la revolución. Los hombres, por galantería instintiva, admiraban su hazañas, exagerándolas, como si nadie pudiese igualarlas. Todo el ejército repitió lo mismo al hablar de los esposos Martínez. «Él es un buen soldado, un valiente...pero como hay muchos. Ella vale más. ¡Qué mujer!...»

Su conducta durante la vida azarosa de marchas y campamentos contribuyó á aumentar su fama. Guadalupe tenía mal carácter. Muchas veces, al rozarse su automóvil con el de alguna generala—igualmente cargado de colchones, sacos de ropa sucia, cuadrúpedos, aves y numerosos chiquillos—, empezaban á insultarse ambas damas por si la una pretendía cortar el paso á la otra. La coronela, sin consideración á su grado inferior, recordaba á la generala las aventuras amorosas de su señora madre ó la época en que sus tías lavaban la ropa de los soldados. Hasta que el heroico Martínez, avisado del incidente, acudía á todo galope para meter su caballo entre ambas furias.

Los hombres, al recordar que esta mujer se batía lo mismo que ellos, encontraban lógico que se considerase superior á las otras, gordas aves domésticas que se habían lanzado al campo para marchar detrás de los combatientes, escarbando con el pico el terreno de la lucha, en busca de los residuos de la victoria.

Su fidelidad matrimonial era también muy admirada. Uno de los grandes jefes había recibido de ella varios latigazos cierto día que osó algunos atrevimientos con la amazona. El mismo personaje golpeado acabó por arrepentirse, y á impulsos de la admiración, fué en adelante un protector de Martínez y de su esposa.

Cuando Doroteo llegó á general, sus envidiosos atribuyeron toda la carrera del héroe á la influencia de Guadalupe. «No es que sea menos valiente que los demás—decían—; pero á causa de su compañera, los de arriba se fijan en sus acciones, que, realizadas por otros, quedarían ignoradas.»

Al terminar la guerra, cuando Martínez pasó á ser defensor del gobierno recién constituído, Guadalupe no quiso prolongar sus hazañas militares. Era ridículo que la esposa de un comandante de operaciones saliese al campo á perseguir á los rebeldes, muchos de los cuales había conocido ella meses antes como amigos, teniéndolos por excelentes personas.

Renanció a las costumbres violentas de campaña, á los largos galopes, al automóvil sucio y hasta á las palabrotas aprendidas en sus años de existencia varonil. Fué en adelante la «señora generala» y quiso rivalizar con Martínez en esplendores de lujo.

Las gentes de la ciudad casi se sintieron cegadas por el resplandor de las joyas que en ciertos días la cubrieron desde la garganta al vientre. Doroteo había trabajado bien, lo mismo que todos los padres de familia mezclados en la revolución. No tenía hijos, como los otros, pero tenía á Guadalupe; y siempre que en sus correrías veía algo vistoso y de precio, sacaba el enorme revólver de su funda, diciendo: «Esto para mi vieja...y esto otro también.»

Total: que la esposa del héroe de Cerro Pardo poseía una colección enorme de alhajas, y los maliciosos las encontraban iguales á las que habían comprado en Londres y en Nueva York ciertas familias del Méjico anterior que andaban ahora vagabundas, lejos del país.