III
Cuando Guadalupe deseaba dar broma al general en presencia de sus contertulios, se expresaba así:
—Este viejo, aquí donde ustedes lo ven, anda enamorado, loco, detrás de la Gringuita.
Cerrando una mano, le apuntaba con el dedo índice, y añadía, amenazante:
—¡Que te pille yo, y verás lo que es bueno!
Pero á continuación, considerando que la broma había durado bastante, decía con gravedad:
—La Gringuita es una joven muy apreciable, que gana su vida y mantiene á todos sus hermanos. Además, ¡lo que sabe! Yo me quedo asombrada escuchándola. Parece mentira que una mujer pueda estudiar tanto.... Perderías el tiempo, viejo. Esa no te hace caso á ti.
Era hija de un maestro de escuela que había muerto el año anterior. Se educaba en los Estados Unidos cuando esta desgracia la obligó á volver al país, dejando incompletos sus estudios. Quería servir de madre á sus hermanos menores, que después de muerto el padre, quedaban completamente solos en la casa. Seis años de vida en Nueva York habían desfigurado á esta joven mejicana, dándole otras costumbres y hasta un aspecto físico completamente diferente.
Los personajes de la ciudad la protegían, seducidos por sus finas maneras y por la sencillez con que hablaba de unos estudios que sólo conocían ellos de oídas. La habían colocado como maestra en una de las principales escuelas y prometían ayudarla en la realización de todas las innovaciones que proyectaba.
Algunas solteronas feas y de carácter agriado torcían el gesto ante el entusiasmo pedagógico de los hombres.