Iba á añadir «por usted», pero se detenía mirando á la pomposa generala. Luego, por un deseo irresistible de establecer comparaciones, comenzaba á admirar con ojos disimulados la belleza especial de esta joven que parecía un muchacho con faldas, sintiendo al mismo tiempo en su paladar el sabor ácido y picante de un fruto todavía verde.

Tuvo que abstenerse de sacar á bailar á la maestrita cuando se celebraban fiestas en la Comandancia.

—¡Pobre viejo!—le decía Guadalupe—. ¿No ves que aburres á esa pobre señorita? Además, la gente se ríe un poco de ti.

¡Reírse del héroe de Cerro Pardo!... Que probasen á hacerlo francamente, y él enviaría á los burlones á dar una vuelta por el foyer del teatro, donde funcionaba el Consejo de guerra siempre que lo exigía la salud de la patria.

Una mañana, con los ojos hinchados por el insomnio, le entregó un papel á su secretario.

—Sandoval, dígame qué le parece. Cuando yo era muchacho y aún no había aprendido á leer, inventé muchos versos como éstos, mientras punteaba la guitarra. Usted pondrá lo que les falte: yo entiendo poco en eso de la ortografía. ¿Qué me dice de ellos?

El poeta se acordó de dos ocasiones en que el héroe, irritado por su franqueza, le había dado varias bofetadas, manifestando luego su arrepentimiento con valiosos regalos. Olvidó los regalos para acordarse únicamente de los golpes, y tuvo prisa en manifestar su entusiasmo por los versos. Eran de amor, é iban dirigidos á una mujer cuyo nombre quedaba en el misterio, pero el secretario la reconoció desde la primera estrofa.

—Publíquelos mañana mismo en el mejor sitio de mi diario oficial. Como firma, la misma que llevan: El caballero de la ardiente mirada. Es un apodo que encontré en no sé qué novela, y me gustó tanto, que lo he guardado para mí.

Sandoval quiso marcharse con los versos, pero el autor todavía le dió otra orden.

—Mañana escriba á máquina un anónimo para la persona que usted sabe, y dígale que El caballero de la ardiente mirada y el general Martínez son una misma persona.