Sólo la suposición de que la amazona gloriosa pudiera perseguirla con su venganza hacía temblar las piernas de la maestra. El general participó por reflejo de esta inquietud. Su Guadalupe era realmente temible, pero esto no podía impedir que empezase á odiarla. ¿Hasta cuándo iba á sufrir su despotismo?...
Los meses sucesivos fueron de desaliento para el héroe. Dora evitaba los encuentros con él, apelando á ciertas astucias que el general no podía prever.
Cada vez la deseaba con mayor vehemencia. En ciertos momentos volvía á resucitar el guerrillero en el interior del comandante en jefe de operaciones.
¿No le era fácil robar á la profesora y llevársela al campo? Él tenía entre su gente muchos hombres de confianza. Pero á continuación se acordaba de sus enemigos, de los periódicos de la capital, de que Dora era «una persona científica» y el asunto metería ruido. ¡Un partidario de la instrucción y del progreso robando á una señorita del profesorado!... Además, pensaba en doña Guadalupe, que seguía repitiendo su cariñosa amenaza, pero cada vez con tono menos cordial, erizándosele un poco el mostacho, apuntándole con un índice como si le apuntase con un revólver. «¡Que te pille yo, y verás lo que es bueno!»
Por otra parte, las gentes empezaban á murmurar que la Gringuita tenía un novio. Era un joven de la localidad, que rivalizaba con Sandoval en la confección de versos «á la moderna» y además hacía discursos contra el gobierno. Su pobreza resultaba igual á la de Dora, pero esto no impediría que se casasen muy pronto. ¡Y mientras tanto, él, héroe nacional, gobernante omnipotente, tendría que mantenerse impasible al lado de su doña Guadalupe! ¡Ira de Dios! ¿Para esto había hecho la revolución?...
Los sucesos políticos le obligaron á olvidar momentáneamente sus tristezas amorosas. El «viejo barbón» fué derribado de la presidencia de la República por varios generales, antiguos amigos de él y de Martínez. Éste, á pesar de sus preocupaciones, supo inclinarse instintivamente del lado de los que iban á triunfar.
Cuando asesinaron á Carranza, el heroico Doroteo se encontró en excelentes relaciones con los vencedores y tan comandante de operaciones como en el gobierno anterior. Pero ¡ay! su alto cargo tal vez iba á quedar anulado por innecesario.
Los diversos partidos que infestaban el país de insurrectos en armas parecían haber ajustado una tregua junto al cadáver de Carranza. Todos mostraban un tácito deseo de someterse al nuevo gobierno, para hacer ver al mundo que en Méjico es posible la paz, aunque sólo sea por una temporada.
Los guerrilleros rebeldes se iban presentando á Martínez y á otros generales. Hasta Pancho Villa, el eterno insurrecto, se sometió á los nuevos personajes instalados en la capital, pero con una sumisión orgullosa y magníficamente retribuida. Le daban un millón de pesos, le pagaban los atrasos de toda su gente, y además le permitían que se estableciese en un pueblo, rodeado de sus más seguros partidarios. Lo importante era hacer ver en el extranjero que ya no quedaba ningún insurrecto.
Martínez se irritó al enterarse de lo que le regalaban á su antiguo maestro, como si esto representase una injusticia para él.