—¡Ah, señora duquesa!...

La voz suena respetuosa y tímida, pero sus manos y sus ojos son confianzudos y tiernos. Habla con ella lo mismo que si fuese una comadre llorosa de su barrio, abrumada por una noticia fatal. Decididamente la guerra ha trastornado todas las organizaciones. Los socialistas son ministros y los viejos obreros revolucionarios acarician las manos de las duquesas que lloran. Nos aproximamos á la frontera italiana. Veo el chamberguito con pluma de gallo y el ferreruelo gris de los cazadores alpinos. El tren refrena su marcha ante las primeras casas de la estación de Modàne. Vamos á cambiar de vagón. El empleado, con un esfuerzo doloroso, vuelve á la realidad y corre de un lado á otro para devolver sus billetes á los pasajeros. Yo le doy cinco francos. «Muchas gracias.» Y me abandona, sin bajar siquiera las maletas que están en la cornisa de red. Los oficiales británicos no le dan nada. El inglés supone que cada hombre recibe la recompensa de su trabajo, y no quiere ofenderle con una limosna llamada propina. Las condesas de las múltiples coronas le entregan con gesto teatral una pieza de dos liras, y él se la guarda sin mirarla. Toda su atención está concentrada en el servicio de la duquesa. Llama á los mozos de la estación, les va pasando los bultos del equipaje, desciende al muelle para vigilar cómo los apilan en una carretilla. La gran señora se aproxima para decirle adiós, y él le estrecha la mano, ante los ojos escandalizados de la acompañante.

Algo siente entre los dedos que le estremece y le hace mirar su mano. La duquesa conoce la parsimonia de su acompañante, encargada de los pequeños desembolsos, y es ella la que da la propina. ¡Cien francos!... El viejo duda ante el billete, ve á los nietos, ve á su hija que trabaja del amanecer á media noche, pero luego lo rechaza.

—¡Ah, no, señora duquesa!

Él es de su mundo, y su mundo tiene reglas de hidalguía y buena educación como cualquiera otro. A nosotros pueden tomarnos el dinero; somos extranjeros que pasan indiferentes junto á su persona. Pero no aceptará un céntimo por servir á un camarada, á un amigo con el que ha chocado el vaso. Y él ha bebido con la gran señora; han saboreado juntos el vino de la tristeza y del consuelo, han tocado sus copas rebosantes de dolor. Adivina ella estos sentimientos confusos con su delicadeza de alta dama, y no insiste, volviendo á guardarse el billete. Habla en inglés, y su acompañante, con visible molestia, toma de la carretilla una gran caja de cartón, la corona admirada, y se la entrega al viejo.

—Para su hijo, para la tumba del héroe.

Y se aleja majestuosa á pesar de su ancianidad, marchando por el andén como si fuese una galería de la corte.

El empleado queda al pie del vagón, con los brazos ocupados por la caja, sufriendo la vergüenza de no poder ocultar sus lágrimas, que se deslizan hasta el duro bigote.

—¡Señora duquesa!... ¡Ah, señora duquesa!