—Yo no sé verdaderamente quién murió antes, si Eva ó Adán—continuó el viejo—; pero apostaría, sin miedo á perder, que fué el pobre Adán. Eva debió sobrevivirle, siendo una viuda rica de las que saben administrar sus bienes; y así viviría mucho tiempo, amada y respetada por sus hijos, para que no los excluyese del testamento.
¡Pobre Adán!... A veces su cansancio era tan grande después del trabajo, que le faltaba la respiración y tomaba asiento en el umbral de su casa, para reposar un poco.
Había pasado el día entero cavando la tierra ó domando el caballo salvaje y el toro feroz. Sentía un fuerte deseo de contemplar á su Eva unos instantes; el mismo deseo que sienten muchos de adorar á los seres que los maltratan; la admiración irresistible que nos inspira todo lo que nos cuesta muy caro. ¿Y esta mujer no le había costado el Paraíso?...
Eva parecía siempre hermosa, á pesar de que daba al mundo un niño todos los años, y á veces dos. No podía hacer menos, teniendo la misión de poblar la tierra entera.
Apenas Adán, sentado en el umbral de la puerta, se enjugaba el sudor de la frente y empezaba á gustar la dulce voluptuosidad del reposo, cuando la voz de Eva le arrancaba de este deleite fugitivo.
—Oye, Adán: ya que no tienes nada que hacer, podías entretenerte poniendo la mesa.
Otras veces Eva se mostraba injusta y cruel.
—Adán, lávame los platos. Es una vergüenza que estés ahí, mano sobre mano, mientras yo me mato de trabajar.
Pero en ciertas ocasiones tomaba el tono de una súplica dulce y acariciante.
—Oye, maridito mío: tú que eres tan bueno, ¿por qué no das un paseo al bebé en su cochecito? El último que ha nacido, ¿sabes? el que lleva el número setenta y dos. Ya ves, alma mía, que, sola como estoy, no puedo llegar á cuidarlos á todos.