—Se hará como se pide—contestaba el pequeñuelo.

Y dando dos ó tres golpes de ala, se perdía en las nubes.

Pero por más recados de esta clase que dió, nunca pudo conseguir una respuesta de lo alto. En general, la mayor parte de los volátiles celestes jamás volvían á las regiones terrenales, pero de tarde en tarde la mujer de Adán lograba reconocer la cara de alguno de estos seres alados.

—Sé quién eres, pequeño—decía—. La semana pasada te vi rondando por estos sitios. ¿Diste al Señor mi recado? ¿Qué es lo que contestó?

Las más de las veces los ángeles permanecían silenciosos ó balbuceaban palabras sin ilación, como niños bien educados que no quieren decir cosas desagradables á una señora.

—¡Pero Él te habrá dado alguna respuesta!—insistía Eva—. ¡Vamos, habla!

Y una vez encontró á un querubín pequeñito, de cara mofletuda, que le respondió:

—Sí, señora. Su Divina Majestad ha contestado algo. Al darle yo su recado, me dijo: «¿Pero es que ese par de sinvergüenzas viven todavía?...»

Eva sólo quiso ver en tales palabras una broma de niño falto de buena crianza. Juzgaba imposible que el Señor hubiera dicho esto. Si insistía en mantenerse invisible, era seguramente porque estaba muy ocupado en la dirección de sus dominios infinitos, no quedándole media hora libre para dar un paseo por la tierra.

Una mañana fué recompensada su fe en la bondad divina. Se presentó un mensajero celeste, saltando de nube en nube, y gritó á Eva: