El Señor llegaba ya. Su barba era de plata y su cabeza tenía como adorno un triángulo resplandeciente que lanzaba rayos lo mismo que el sol. Detrás venía Miguel, con una armadura incrustada de piedras preciosas formando fantásticos dibujos. Cerraban la marcha todos los ministros y altos dignatarios de la corte celestial.
—El Creador saludó á Adán con una sonrisa de lástima—prosiguió el viejo—. «¿Cómo estás, infeliz?», le preguntó. «¿Tu mujer no te ha metido en nuevos líos?...» Después acarició á Eva, tomándole la barbilla. «¡Hola, buena pieza! ¿Aún continúas haciendo locuras?»
Conmovidos por tanta simplicidad, los esposos ofrecieron al Señor el único mueble que poseían, semejante á un trono. Era una silla de brazos como las mejores que se pueden encontrar en una granja rica.
—¡Qué asiento, hijos míos!—dijo el tío Correa con entusiasmo—. Ancho, blandísimo, hecho con madera de algarrobo de la mejor y con cuerda de esparto bien tejido; un sillón, en fin, como sólo puede tenerlo un cura de pueblo rico.
Sentado en él Su Divina Majestad, fué escuchando lo que le contaba Adán, sus fatigas, sus malos negocios, las dificultades que había de vencer para ganar el sustento de él y su familia.
—¡Muy bien! ¡Me alegro mucho!—decía el Señor, mientras una sonrisa agitaba su barba resplandeciente—. Eso te enseñará á no desobedecer á tus superiores, y sobre todo, á no seguir los consejos de una hembra. ¿Creías acaso que ibas á comer gratis en el Paraíso y hacer al mismo tiempo lo que se te antojase?... ¡Sufre, hijo mío! ¡Trabaja y rabia! Así aprenderás lo que cuesta la libertad.
El Señor contempló luego á Eva. Desde mucho antes le había dirigido rápidas miradas de curiosidad y de indignación. Era la primera vez que veía á una mujer vestida. ¿De dónde había salido este animal de plumaje fantástico, este loro sin alas, cuya forma absurda y colores chillones no hubiera podido concebir Él, ni aun en sus momentos de más frenética creación?...
Dándose cuenta de que el Señor la observaba, Eva fué adoptando las actitudes que consideró más interesantes, esforzándose por hacer valer con ellas las gracias de su cuerpo y la elegancia de sus adornos. Al mismo tiempo sonreía, segura de sí misma.
—Y el Todopoderoso—continuó el tío Correa—no pudo menos de reconocer cierta gracia en estos adornos mujeriles que al principio había considerado feísimos.
—Continúa siendo la misma frívola de siempre—murmuró el Señor dirigiéndose al gran capitán Miguel, que le acompañaba á todas partes y se mantenía ahora de pie detrás de su sillón—. Es la misma cabeza de chorlito que conocimos en el Paraíso.... Pero hay que confesar que sabe adornarse con gusto.