Y se marchó.
Ovejero pasó unos días en plácida tranquilidad. Seguía bebiendo, pero esto no le impedía trabajar briosamente, pues le era necesario reunir nuevas economías después de permitirse el lujo de enviar un emisario especial al desierto de Atacama. Aunque volvió muchas noches á su casucha tambaleándose ó apoyado en el brazo de un compañero, jamás le salía al encuentro la mujer del manto negro llevando el niño de una mano. Tampoco despertaba á sus camaradas durante la noche con los monólogos de un ensueño violento.
Transcurrió un mes sin que regresase el viejo. Rosalindo no se alarmó por esta tardanza. El tal ño Juanito era un aventurero aficionado á cambiar de tierras, y tal vez había encontrado la de Salta muy á su gusto y andaba por las casas «de alegría» de la ciudad tañendo su guitarra y haciendo bailar la chilenita á las mestizas hermosotas. Pero al transcurrir el segundo mes sin que llegase carta, Ovejero se mostró inquieto.
Precisamente así que perdió su tranquilidad, la mujer del manto con el niño al lado volvió á aparecérsele. Tenía los ojos más redondos y más ardientes que antes. Su cara era más enjuta y cobriza, como si estuviese tostada por las llamas del Purgatorio. Y el niño.... ¡ay, el niño! El gaucho no podía mirarle sin un estremecimiento de terror.
En vano habló á gritos para que le entendiese esta mujer que parecía sorda y muda, concentrando toda su vida en la mirada.
—¿Qué ocurre, señora?... Yo he enviado el dinero. ¿No ha visto usted á ño Juanito?
Pero un estallido de maldiciones le cortó la palabra, haciendo huir á la visión.
—¡Cállate, «cuyano» del demonio!—le gritaban los compañeros de alojamiento—. Ya estás hablando otra vez de la difunta y de la plata.... ¿Es que mataste alguna mujer allá en tu tierra, antes de venirte aquí?
Al día siguiente, Rosalindo estaba tan preocupado que no acudió al trabajo.
—Algo pasa que yo no sé—se decía—. ¿Habrán matado a ño Juanito, lo mismo que mataron al otro?...