La mayor parte de los asaltantes parecieron olvidar el motivo político que los había traído hasta allí. Ya no pensaban en el «gobierno usurpador» ni en asaltar el cuartel. Toda su atención la concentraron en aquel hombre que seguía insultándoles sin tomar precauciones. Llovían las balas en torno de su persona, pero ni una sola lograba tocarle.

—No gastes tus cartuchos, hermano—continuó Jaramillo, con una expresión fatalista—. Ese hombre posee un talismán, un payé que le hace invulnerable como el diablo.... ¿Quién sabe si lleva en el pecho alguna pluma de caburé?

Morales cesó de disparar. Tenía una ciega confianza en la sabiduría de su compañero. Además, conocía desde su niñez el poder de una pluma de caburé.

—¡Viva el partido blanco! ¡Abajo Sepúlveda! ¡Mueran los colorados!

Era el refuerzo enemigo que llegaba. Sonaron nuevos tiros en el fondo de las calles. Pasada la primera sorpresa, acudían las otras fuerzas del gobierno en socorro del cuartel.

—Esto se acabó. Hay que retirarse—dijo Jaramillo.

Los dos camaradas corrieron hacia el muelle, doblando el cuerpo para hacerse más pequeños ante las balas con que los perseguía el enemigo. Otros siguieron defendiéndose rudamente á sus espaldas.

Llegaron al puerto á tiempo para ver cómo uno de los vaporcitos huía río arriba, perdiéndose en la noche, y cómo el otro empezaba á apartarse del muelle de madera. Esto no extrañó á Jaramillo.

—¡Qué puede esperarse de extranjeros, de gringos que carecen de fervor político y no son del partido!...

Es natural, tratándose de dos capitanes genoveses.