Con el enfundado acero bajo el brazo, envueltos en su poncho y levantada el ala del fieltro sobre la frente, parecían dos caricaturas de los hidalgos de capa y espada, sus legítimos abuelos.
Cuando la policía visitaba los bailes indígenas, ocultaban ellos sus armas metiéndoselas en la faja, á lo largo del calzoncillo, lo que les obligaba á continuar la danza con una pierna rígida, lo mismo que si estuviesen paralíticos.
Un día, en uno de estos bailes, Morales, que era el menos listo de los dos pero el más dispuesto á la pelea, metió su espada por el vientre de cierto individuo que se empeñaba en danzar con la misma moza que él, echándole las tripas afuera.
—Aquí no ha pasado nada. ¡Siga la fiesta!
Se llevaron al muerto. Su familia se encargaría de levantarle una capillita al borde del camino y de ponerle cirios todas las noches. Un simple incidente; algo que se ve todos los días.
Pero la policía entrometida no quiso aceptar el suceso con la misma calma que la gente, y prendió á Morales.
—Una venganza política—dijo éste al entrar en la cárcel—. Bien se ve que mandan los usurpadores. ¡Como soy colorado!...
Al registrarlo en presencia del juez, encontraron que debajo de sus ropas llevaba el cuerpo cubierto de plumas de avestruz. Jaramillo hacía lo mismo. Era un secreto de su padre el brujo; el mejor medio para vencer en agilidad á los enemigos.
Le dió rabia ver cómo reía el juez ante tal descubrimiento. Todos los abogados jóvenes, que habían estudiado en Buenos Airea y despreciaban á los nativos, eran unos ignorantes.
—A no ser por estas plumas, doctor—dijo Morales—, el difunto tal vez me habría matado. Mire cómo fui yo el más ligero y le clavé por el vientre.