El camino para huir no era fácil. Tendría que atravesar la Quebrada del Diablo, siguiendo después un sendero abrupto á través de los Andes, hasta llegar al puerto del Pacífico llamado El Paposo. Muchos chilenos, huyendo de la justicia de su país, hacían este viaje, y bien podía él imitarlos por idéntico motivo, siguiendo la misma travesía, pero en sentido inverso.
Rosalindo intentó ir á la mísera posada donde había dejado su caballo, pero cuando estaba cerca de ella tuvo que retroceder, avisado por el fiel camarada. La policía, más lista que ellos, estaba ya registrando los objetos de la pertenencia de Ovejero, entreteniendo así su espera hasta que se presentase el culpable.
—Hay que huir, hermano—volvió á aconsejar el amigo.
Juzgaba peligrosa, después de esto, la ruta más corta que conduce á la provincia de Copiapó en la vecina República de Chile. Era camino muy frecuentado por los arrieros, y la policía podía darle alcance. Ya que no tenía montura, lo acertado era tomar el camino más duro y abundante en peligros, pero que sólo frecuentan los de á pie. Como su ausencia iba á ser larga y le era preciso ganarse el pan, resultaba preferible esta ruta, pues al término de ella encontraría las famosas salitreras chilenas, donde siempre hay falta de hombres para el trabajo, y á veces se pagan jornales inauditos.
Rosalindo conocía de fama este camino, llamado del Despoblado. Detrás del tal Despoblado se encontraba algo peor: la terrible Puna de Atacama, un desierto de inmensa desolación, donde morían los hombres y las bestias, unas veces de sed, otras de frío, y en algunas ocasiones caían abrumadas por el viento.
Ovejero se guardó las espuelas en el cinto, renunciando á su dignidad de jinete para convertirse en peatón.
—Si tienes suerte—continuó el camarada—, tal vez en veinte días ó en un mes llegues al puerto de Cobija ó á las salitreras de Antofagasta. Hay arrieros que han hecho el camino en ese tiempo.
Y con la ternura que inspira el amigo en pleno infortunio, le dió su cuchillo y toda la pequeña moneda que pudo encontrar en los diferentes escondrijos de su traje.
—Tomá, hermano; lo mismo harías tú por mi si yo me hubiese «desgraciado». ¡Que el Señor del Milagro te acompañe!
Y Rosalindo Ovejero volvió la espalda á la ciudad de Salta, tomando el camino del Despoblado.