Dentro de la sala saludó á la acomodadora como si fuese una antigua conocida.

—Son la mujer y el hijo de mi nieto, el que trabaja en la obra—dijo, dándola al mismo tiempo unas cuantas piezas de cobre.

Y se sentó con orgullo en las sillas designadas por la empleada, juzgándolas mejores que las otras.

Pero la satisfacción de mostrar á sus acompañantes la inmensa influencia de que gozaba en este lugar público duró muy poco. Al aparecer Alberto, temió que gritase también aquella mujercita vestida de luto que tenía á su lado. Pero era silenciosa en su dolor. Contempló la visión con unas pupilas agrandadas é inquietantes, que hacían recordar los ojos de los aficionados á la morfina. Cerraba los labios con fuerza, y por ambos lados de su boca corrían dos hilos de lágrimas.

El enlutado pajecillo miraba con la inconsciencia de una edad en que se oye hablar de la muerte sin saber lo que es. Aquel soldado lo conocía él: era su padre; lo había visto llegar á su casa vestido así. ¿Por qué no volvía?...

—¡Papá...papá!...—murmuró, tendiendo sus manecitas hacia la visión.

Y la madre y la bisabuela, sin dejar de llorar, le empujaron dulcemente en la obscuridad para que permaneciese quieto.

A la salida, antes de despedirse junto á la puerta del cinema, la vieja tomó su aire imperativo:

—Mañana aquí, á la misma hora. Yo pago.

La viuda pareció extrañarse de tal invitación.