Y de este modo, tranquilamente, el pobre don Jaime adquiría un campo aquí, luego otro más allá, después un tercero que unía a los dos, y a la vuelta de pocos años formaban un hermoso huerto de naranjos, adquirido con más trampas y malas artes que dinero efectivo. Así iba agrandando sus propiedades, y siempre risueño, las gafas sobre la frente y el estómago cada vez más voluminoso, se le veía entre sus víctimas, tuteándolas con fraternal cariño, dándolas palmaditas en la espalda cuando llegaban con nuevas peticiones y jurando que le haría morir en la calle como un perro aquella manía de hacer favores.

Así fue prosperando, sin que las burlas de la gente de la ciudad le hicieran perder la confianza de aquel rebaño de rústicos que le temían como a la Ley y creían en él como en la Providencia.

Un préstamo a un mayorazgo derrochador le hizo dueño del caserón señorial que desde entonces pasó a ser de la familia Brull. Comenzó a frecuentar el trato de los grandes propietarios de la ciudad, que aunque despreciándole, le abrieron un hueco entre ellos con esa instintiva solidaridad de la masonería del dinero. Para adquirir mayores respetos, se hizo devoto de San Bernardo, pagó fiestas de iglesia y estuvo siempre al lado del alcalde, fuese quien fuese. Para él no hubo ya en Alcira otras personas, que las que al llegar la cosecha recogían miles de duros; los demás eran la canalla.

Por entonces, emancipado de los bajos oficios que había desempeñado y dejando los negocios de usura en manos de los que antes le servían de intermediarios, comenzó a preocuparse del casamiento de su hijo Ramón. Era su único heredero, una mala cabeza que alteraba con sus genialidades el bienestar tranquilo que rodeaba al viejo Brull descansando de sus rapiñas.

El padre sentía una satisfacción animal al verle grande, fuerte, atrevido e insolente, haciéndose respetar en cafés y casinos, más aún por sus puños que por la especial inmunidad que da el dinero en las pequeñas poblaciones. ¡Cualquiera se atrevería a burlarse del viejo usurero teniendo a su lado tal hijo!

Quería ser militar, pero su padre se indignaba cada vez que el muchacho hacía referencia a lo que llamaba su vocación. ¿Para eso había trabajado él haciéndose rico? Recordaba la época en que, pobre escribiente, tenía que halagar a sus superiores y escuchar sus reprimendas humildemente con el espinazo doblado. No quería que a su único hijo lo llevasen de aquí para allá como una máquina.

—¡Mucho dorado!—exclamaba con el desprecio del que no se siente atraído por las exterioridades,—¡mucho galón, pero al fin un esclavo!

Quería a su hijo libre y poderoso, continuando la conquista de la ciudad, completando la grandeza de la familia iniciada por él, apoderándose de las personas, como él se había apoderado del dinero.

Sería abogado; la carrera de los hombres que gobiernan. Era un vehemente deseo de antiguo rábula; ver a su vástago entrando con la frente alta en el vedado de la ley donde él se había introducido siempre cautelosamente, expuesto en muchas ocasiones a salir arrastrado con una cadena al pie.

Ramón pasó algunos años en Valencia, sin que pudiera saltar más allá de los prolegómenos del Derecho, por la maldita razón de que las clases eran por la mañana y él tenía que acostarse al amanecer, hora en que se apagan los reverberos que enfocaban su luz sobre la mesa verde. Además tenía en su cuarto de la casa de huéspedes una magnífica escopeta, regalo de su padre, y la nostalgia de los huertos le hacía pasar muchas tardes en el tiro del palomo, donde era más conocido que en la Universidad.