—Rafael, usted no conoce La Walkyria, ¿verdad?; no ha oído el canto de la primavera.

No; el diputado no sabía lo que le preguntaban. Y Leonora, siempre con los ojos en la luna, la nuca apoyada en sus brazos, que escapaban nacarados, fuertes y redondos de las caídas mangas, hablaba lentamente, evocando sus recuerdos, viendo pasar ante su imaginación la escena de intensa poesía, la glorificación y el triunfo de la Naturaleza y el amor.

La cabaña de Hunding, bárbara, con salvajes trofeos y espantosas pieles, revelando la brutal existencia del hombre apenas posesionado del mundo, en lucha perpetua con los elementos y las fieras. El eterno fugitivo, olvidado de su padre; Sigmundo, que así mismo se da por nombre Desesperación, errante años y años a través de las selvas, acosado por los animales feroces, que le creen una bestia al verle cubierto de pieles, descansa por fin al pie del gigantesco fresno que sostiene la cabaña, y al beber el hidromiel en el cuerno que le ofrece la dulce Siglinda conoce por primera vez la existencia del Amor, mirándose en sus cándidos ojos.

El marido, Hunding, el feroz cazador, se despide de él al terminar la rústica cena «Tu padre era el Lobo y yo soy de la raza de los cazadores. Hasta que apunte el día mi casa te protege, eres mi huésped; pero así que el sol se remonte, serás mi enemigo y combatiremos... Mujer, prepara la bebida de la noche y vámonos al lecho».

Y el desterrado queda solo junto al fuego, pensando en su inmensa soledad. Ni hogar, ni familia, ni la espada milagrosa que le prometió su padre el Lobo. Y cuando apunte el día, de la cabaña que le cobija, saldrá el enemigo que ha de darle muerte. El recuerdo de la mujer que apagó su sed, la chispa de aquellos ojos cándidos, envolviéndole en una mirada de piedad y amor, es lo único que le sostiene... Ella llega, después de dejar dormido al feroz compañero. Le enseña en el fresno la empuñadura de la espada que hundió el dios Wotan: nadie puede arrancarla; sólo obedecerá a la mano de aquel para quien la ha destinado el dios.

Y mientras ella habla, el salvaje errante la contempla extasiado, como blanca aparición que le revela la existencia en el mundo de algo más que la fuerza y la lucha. Es el amor que le habla. Lentamente se aproxima; la abraza, la estrecha contra su pecho, y la puerta se abre a impulsos de la brisa, y aparece la selva verde y olorosa a la luz de la luna, la primavera nocturna, radiante y gloriosa, envuelta en su atmósfera de rumores y perfumes.

Siglinda se estremece, «¿Quién ha entrado?» Nadie, y sin embargo, un nuevo ser acaba de penetrar en la cabaña, abatiendo la puerta con su invisible rodillazo. Y Sigmundo, con la inspiración del amor, adivina quién es el recién llegado. «Es la Primavera que ríe en el aire en torno de tus cabellos. Se acabaron las tempestades; terminó la obscura soledad. El luminoso mes de Mayo, joven guerrero con armadura de flores, se presenta a dar caza al negro invierno, y en medio de la fiesta de la Naturaleza regocijada, busca a su amante: la Juventud. Esta noche, en que te veo por vez primera, es la noche de bodas infinita de la Primavera y de la Juventud».

Y Leonora se estremecía, escuchando internamente el murmullo de la orquesta al acompañar el canto de ternura inspirado por la Primavera; la vibración de la selva agitando sus ramas entumecidas por el invierno, al recibir la nueva savia como torrente de vida; y en medio de la iluminada plazoleta, creía contemplar a Sigmundo y Siglinda, estrechándose en eterno abrazo, formando un solo cuerpo como cuando los veía desde los bastidores, vestida de walkyria, esperando la hora de despertar el entusiasmo del público con su alarido ¡Hojotoho!

Sentía la misma tristeza de Sigmundo en la cabaña de Hunding. Sin familia, sin hogar, errante, buscaba algo en que apoyarse, algo que estrechar cariñosamente, y sin darse cuenta de sus movimientos, era ella la que se aproximaba a Rafael, la que había puesto una mano entre las suyas.

Estaba enferma. Sollozaba quedamente con una timidez suplicante de niña, como si la intensa poesía de aquel recuerdo artístico hubiese quebrantado el débil resto de voluntad que la había mantenido dueña de sí.