En medio de su embriaguez vio cómo la artista abría con extrañeza sus ojos, cómo pasaba por su boca una sonrisa triste.
—¡Casarnos! ¿y para qué?... Eso es para otros. Quiéreme mucho, niño mío, ámame cuanto puedas... Yo sólo creo en el Amor.
V
—Pero bebé, ¿cuándo llegamos a la isla?... Me fatiga estar en este banco, lejos de ti, viendo esos bracitos míos, cómo se cansan de tanto darle a los remos. ¡Un beso!... ¡aunque te enfades! Eso te refrescará.
Y poniéndose en pie, Leonora dio dos pasos en la blanca barca, imprimiéndola un fuerte balanceo, y besó varias veces a Rafael, que soltando los remos se defendía entre risas.
—¡Loca! Así no llegaremos nunca. Con descansos como estos se hace poco camino, y yo te he prometido llevarte a la isla.
Volvió a encorvarse sobre los remos bogando por el centro del río, sobre las aguas que temblaban reflejando la luna, como si quisiera que la arboleda de ambas orillas gozase por igual en la contemplación de la amorosa escapatoria.
Había sido un capricho de la artista, un deseo repetido en sus visitas a la casa azul, unas veces por la tarde en presencia de doña Pepa y la doncella, y todas las noches pasando por la brecha de la cerca, donde ya le esperaban en la obscuridad los desnudos brazos de Leonora, aquella boca fresca que se adhería con furor a la suya como si quisiera absorberle.
Llevaba más de una semana de dulce embriaguez. Jamás había creído que la vida fuese tan hermosa. Vivía en una dulce inconsciencia. La ciudad no existía para él. Le parecían fantasmas todos los que le rodeaban; su madre y Remedios eran como seres invisibles a cuyas palabras contestaba sin tomarse el trabajo de levantar la cabeza para verlas.
Pasaba los días agitado por el vehemente deseo de que llegase pronto la noche, que terminase la cena en familia, para subir a su cuarto y salir después cautelosamente, apenas quedaba silenciosa la casa, con la calma del sueño.