Y de nuevo caía sobre él agarrando su cabeza, oprimiéndola con furia sobre su robusto y firme pecho, en cuyas desnudeces se perdía la anhelante boca de Rafael, poseído también de avidez rabiosa.
—Ya no canta el ruiseñor—murmuraba el joven.
—¡Ambicioso!—decía riendo quedamente la artista.—¿Ya quieres oírle de nuevo?...
Callaban los dos, estrechamente abrazados, formando un solo cuerpo, trastornados por el ambiente de poesía con que les rodeaba la noche.
Otra vez comenzaron a resonar entre las altas ramas las notas sueltas, los lamentos tiernos del solitario pájaro, llamando al amor invisible. Y familiarizado con los extraños rumores que aquella noche poblaban la isla y que llegaban de nuevo hasta él como bocanadas de lejano incendio, se lanzó en una carrera loca de trinos, cual si se sintiera espoleado por la voluptuosidad de la noche y fuese a reventar de fatiga, cayendo del árbol su envoltura de pluma como un saco vacío después de haber derramado su tesoro de notas.
Rafael se estremeció en los brazos de su amante como si despertase.
—Debe ser tarde. ¿Cuántas horas estamos aquí?
—Sí, muy tarde—contestó Leonora con tristeza.—Las horas de placer van siempre al galope.
La obscuridad era densa: había desaparecido la luna. Cogidos de la mano, guiándose a tientas, llegaron a la barca y el chapoteo de los remos comenzó a sonar río arriba sobre la negra corriente.
El ruiseñor cantaba en el sauce melancólicamente, como saludando una ilusión que se aleja.