Al subir al puente con paso tardo y perezoso, muertos los brazos por sus esfuerzos de remero, oyó que le llamaban.
Don Andrés estaba allí mirándole con sus ojillos de color de aceite que brillaban entre las arrugas con una expresión de autoridad.
—Me has dado la gran noche, Rafael. Sé dónde has estado. Vi anoche cómo te embarcaste con esa mujer, y no han faltado amigos que os han seguido para saber dónde ibais. Habéis estado en la isla toda la noche; esa mujer cantaba sus cosas como una loca... Pero ¡rediós! ¿es que no hay casas en el mundo? ¿es que os divertís así más, paseando a cielo abierto vuestro enredo para que todo Cristo se entere?
Y el viejo se indignaba de veras, como libertino rústico y ducho que adoptaba toda clase de precauciones para no comprometerse en sus debilidades con la chiquillería de los almacenes de naranja. Sentía furor y tal vez envidia al ver aquella pareja sin miedo a la murmuración, inconsciente ante el peligro, burlándose de toda prudencia, ostentando su pasión con la insolencia de la dicha.
—Además, tu madre lo sabe todo. Estas noches ha sorprendido tus escapatorias, ha visto que no estabas en tu cuarto. La vas a matar de un disgusto.
Y con la severidad de un padre, hablaba de la desesperación de doña Bernarda; el porvenir de la casa en peligro, el compromiso con Don Matías, la palabra dada, la hija esperando la prometida boda.
Rafael callaba, caminando como un autómata, irritado por aquella charla que le traía a la memoria todas las obligaciones molestas de su vida. Sentía el enojo del que se ve despertado por un criado torpe en mitad de un dulce ensueño. Aún llevaba en sus labios la huella de los besos de Leonora; todo su cuerpo estaba impregnado de su dulce calor; ¡y aquel viejo venía a hablarle del deber, de la familia, del qué dirán, sin acordarse para nada del amor! ¡como si el amor no fuese nada en la vida! Aquello era un complot contra su dicha, y sentía que un impulso de lucha y de revuelta agitaba su voluntad.
Habían llegado frente a la gran casa de Brull. Rafael buscaba con su llave la cerradura.
—Y bien—dijo el viejo irritado,—¿qué dices tú a todo esto? ¿Qué piensas hacer? Contesta; pareces mudo.
—Yo—repuso el joven con energía—yo haré lo que mejor me parezca.