—Porque te quiero, Rafael... Porque deseo tu tranquilidad.
Quedarse allí era perderle. Para defenderla a ella, para seguir a su lado, tendría que luchar con su madre, que era el más encarnizado enemigo, perder su cariño, atropellarla tal vez. ¡Oh, no! ¡qué horror! Ya había bastante con aquella crueldad filial que entenebrecía su pasado. ¿Era acaso un ser funesto, nacido para corromper con su nombre lo más santo, lo más puro?
—No, resígnate, corazón mío. Es preciso que parta; es imposible que sigamos amándonos aquí. Yo te escribiré, te daré cuenta exacta de mi vida... todos los días sabrás de mí aunque esté en el polo; pero quédate, no desesperes a tu madre, cierra los ojos ante sus injusticias, que al fin obedecen a lo mucho que te quiere... ¿Crees que yo no sufro al dejarte? ¿Te imaginas que es poco huir dejando aquí la mayor felicidad de mi existencia?...
Y para dar más fuerza a sus ruegos se abrazaba a Rafael, acariciaba su cabeza caída y pensativa, dentro de la cual se agitaban tempestuosas las ideas, removiendo profundamente su voluntad.
Instintivamente, las manos del joven recorrían la desnudez de su amante, marcando sus tesoros bajo la tela blanca y fina; sentía el suave calor, la palpitación misteriosa de aquella carne que había infiltrado en su cuerpo algo de su propia vida en los espasmos de la pasión, en el dulce arrobamiento de la comunión amorosa. Y los lazos que él creía eternos ¿iban a romperse? ¿tan fácilmente podía perder aquel cuerpo admirado por el mundo y cuya posesión le hacía considerarse el primero de los hombres? Ella le hablaba del amor a distancia, persistente a través de los viajes y los azares de una existencia errante, le prometía escribirle todos los días... ¡escribirle! tal vez al mismo tiempo que su cuerpo divino sentiría el contacto de otra mano que no fuese la suya... No; él no perdía aquello; estaba resuelto.
—No te irás, Leonora—afirmaba con energía.—Un amor como el nuestro no puede terminar de este modo. La fuga sería una ofensa para mí, huir como afrentada por la tristeza de haberme amado.
Sentía en su ánimo un afán de protesta caballeresco: se avergonzaba de pensar que ella huyese por haberle querido y que él quedase allí, triste e inerte como una doncella a la que abandona su amante convencido de que con su amor la causa grave daño. ¡Ira de Dios! El era un hombre y no podía tolerar que aquella mujer le abandonase en un arranque de abnegación, por devolverle la tranquilidad de la familia, la calma dentro de su casa, la sonrisa satisfecha de su madre. Huían muchas veces las muchachas, olvidando padres y hogar, cuando se sentían dominadas por el amor; y él, un hombre, un personaje ¿había de quedarse allí, viendo como se alejaba Leonora, triste y llorando, todo porque no perdiese él el respeto de aquella ciudad en la que se ahogaba, y el afecto de una madre que jamás había sabido bajar hasta su corazón con una sonrisa de cariño? Además, ¿qué amor era el suyo que retrocedía ante una resolución enérgica; siempre cobarde e indeciso cuando se trataba de conservar una mujer por la cual se habían muerto o arruinado hombres más ricos, más poderosos, ligados a la vida por atracciones que él jamás había gozado en su monótona existencia?...
—No te irás—repetía con sorda firmeza.—Yo no pierdo mi felicidad tan fácilmente... Y si te empeñas en irte, partiremos juntos.
Leonora se irguió estremecida. Esperaba aquello; se lo decía el corazón. ¿Escapar juntos los dos? ¿aparecer ella como una aventurera que se lleva tras si a Rafael después de enloquecerle de amor arrancándole de los brazos de su madre? ¡Oh, no! muchas gracias. Ella tenía conciencia; no quería cargar su vida con la execración de todo un pueblo. Le suplicaba a Rafael con calma; le rogaba que arrastrase valientemente la desgracia. Debía partir sola; después, más adelante ya vería; buscarían ocasión para verse; tal vez podría ser en Madrid, cuando abiertas las Cortes estuviera allá solo, ella cantaría en el Real gratuitamente si era preciso.
Pero Rafael se revolvía furioso contra su resistencia. ¡No verla! ¡transcurrir meses y meses en mortal espera! Una sola noche sin sentir su cuerpo confundido con el suyo, sería la desesperación. Acabaría por entregarse a la mortal tristeza de Maquia; se pegaría un tiro como el poeta italiano.