Pero Rafael no aceptaba el elogio, mirando con inquietud aquella sonrisa cruel. Además, ¿qué le importaba su discurso? Creía estar años enteros dentro de aquel coche; le parecía haber transcurrido toda una vida desde que salió del Congreso: el recuerdo de la sesión se borraba de su memoria. La contemplaba con admiración, paseando una mirada de asombro por su rostro y su cuerpo.

—¡Qué hermosa estás!—murmuró con arrobamiento.—La misma que entonces. Parece imposible que hayan transcurrido ocho años.

—Sí; reconozco que no estoy del todo mal. El tiempo no me muerde. Un poco más de tocador, he ahí todo. Yo soy de las que mueren de pie, sin sacrificar a la edad nada de su exterior. Antes que entregarme me mataría. Quiero eclipsar a Ninon de Lenclos.

Era verdad. Los ocho años no habían marcado su paso por ella. La misma frescura, igual esbeltez, robusta y fuerte; idéntico fuego de arrogante vitalidad en sus ojos verdes. Parecía que al arder en incesante llama de pasión, en vez de consumirse se endurecía, haciéndose más fuerte.

Su mirada abarcaba al diputado con una curiosidad irónica.

—¡Pobre Rafael! siento no poder decirte lo mismo. ¡Cuán cambiado estás! Pareces un señor casi venerable. En el Congreso me costó trabajo reconocerte. Grueso, calvo, con esos lentes que trastornan tu antigua cara de moro de leyenda. ¡Pobrecito mío! ¡Si ya tienes arrugas!...

Y reía, como si le causara intenso gozo el placer de la venganza, ver a su antiguo amante anonadado y cabizbajo por el retrato de su decadencia.

—No eres feliz, ¿verdad? y sin embarga debías serlo. Te habrás casado con aquella muchacha que te ofrecía tu madre; tendrás hijos... no intentes negarlo para hacerte el interesante: lo adivino en tu persona, tienes el aire de padre de familia; a mí no se me escapan estas cosas... ¿Y por qué no eres feliz? Tienes todo el aspecto de un personaje y lo serás muy pronto; de seguro que usas faja para disimular el vientre; eres rico, hablas en esa cueva lóbrega y antipática; tus amigos de allá se entusiasmarán leyendo el discurso del señor diputado, y estarán ya preparando los cohetes y la música para recibirte. ¿Qué te falta?

Y con los ojos entornados, sonriendo maliciosamente, esperaba la respuesta, adivinándola.

—¿Qué me falta? El amor; lo que tenía contigo.