—Huiré contigo; todos me son extraños cuando pienso en ti. Tú sola eres mi vida.
—Muchas gracias—contestó Leonora con gravedad.—Renuncio a ese sacrificio... ¿Y la santidad de la familia de que hace poco hablabas en aquel salón? ¿Y la moral cristiana sin la cual sería imposible la vida? ¡Cómo reía yo escuchándote! ¡Qué de mentiras decís allí para los bobos!...
Y volvía a reír cruelmente, regocijada por el contraste entre las palabras del discurso y aquella loca proposición de abandonarlo todo para seguirla en su correría por el mundo. ¡Ah, farsante!
Ya había presentido ella en su solitaria tribuna que todo eran mentiras, convencionalismos, frases hechas; que el único que hablaba allí con la firmeza de la virtud, era aquel viejecito, al que contemplaba con veneración por haber sido de los ídolos de su padre.
Rafael se sentía avergonzado. La rotunda negativa de Leonora; la burla despiadada de su hipocresía le hacían darse cuenta de la enormidad de su deseo. Se vengaba haciéndole revolcarse en la abyección de su amor loco y desesperado, capaz de las mayores vergüenzas.
Comenzaba el crepúsculo. Leonora dio orden al cochero para volver a la plaza de Oriente. Vivía en una de las casas inmediatas al teatro Real, que sirven de alojamiento a los artistas. Tenía prisa; había de comer con aquel joven de la embajada y dos críticos musicales cuya presentación le había anunciado.
—¿Y yo, Leonora? ¿No nos veremos más?
—Tú me dejarás en la puerta, y ¡hasta que volvamos a encontrarnos!
—Quédate unos días. Al menos que te vea; que tenga el consuelo de hablarte, de sentir el amargo placer de tus burlas.
¡Quedarse!... Tenía sus días contados; iba de un extremo a otro del mundo, arreglando su vida con la exactitud de un reloj. De allí a dos días cantaría en el San Carlos de Lisboa tres representaciones de Wagner nada más; y después de un salto a Stokolmo y luego no sabía con certeza donde; a Odessa o al Cairo. Era el Judío Errante, la walkyria galopando entre las nubes de una tempestad musical, pasando a través de las más diversas temperaturas, saltando sobre los más distintos países, arrogante y victoriosa, sin sufrir el más leve menoscabo en su salud y su hermosura.