Las hortelanas tostadas por el sol que enloquecían a su padre como brutal afrodisíaco, causábanle la misma repugnancia que si fuesen mujeres de otra raza; seres de una casta inferior. Las señoritas de la ciudad, parecíanle campesinas disfrazadas, con los mismos instintos de egoísmo y economía de sus padres, conociendo el precio a que se vendía la naranja, sabiendo el número de hanegadas con que contaba cada aspirante a su cariño, ajustando el amor a la riqueza y creyendo que la honradez consistía en ser implacable con todo el que no se amoldaba a su vida tradicional y mezquina.
Por esto le causaba hondo tedio su existencia monótona y gris, separada por ancho foso de aquella otra vida puramente imaginativa que le envolvía como un perfume exótico y excitante, surgiendo de entre las páginas de los libros.
Algún día se vería libre, levantaría las alas; y esta liberación había de realizarse cuando le eligiesen diputado. Deseaba su mayoría de edad, como el príncipe heredero ansía el momento de ser coronado rey.
Desde niño le habían acostumbrado a esperar este suceso que dividiría su vida en dos, presentándole nuevos caminos para marchar rectamente a la gloria y la riqueza.
—Cuando mi niño sea diputado—le decía la madre en sus raros arrebatos de expansión cariñosa—como es tan guapo, se lo disputarán las chicas y se casará con una millonaria.
Y esperando con impaciencia esta edad, iba transcurriendo la vida de Rafael, sin alteración alguna; una existencia de aspirante, seguro de su destino, que aguarda el paso del tiempo para entrar en la vida. Era como los niños nobles de otros siglos, que, agraciados en la cuna por el monarca con un título de coronel, aguardaban jugando al trompo la hora de ir a ponerse al frente de su regimiento. Había nacido diputado y lo sería; ahora esperaba entre bastidores.
Su viaje a Italia, en la peregrinación papal, fue lo único que alteró la monotonía de su existencia. Guiado por el canónigo, visitó más iglesias que museos: teatros sólo vio dos, aprovechándose de la flojedad que las peripecias del viaje causaban en el carácter austero de su guía. Pasaban indiferentes ante las famosas obras artísticas de los templos y se detenían a venerar cualquier reliquia acreditada por absurdos milagros. Pero aún así pudo ver Rafael confusamente y como de pasada, un mundo distinto al de su país, donde fatalmente debía arrastrarse su existencia. Sintió el roce de la misma vida de placer y pasión que absorbía en los libros como vino embriagador; y aunque de lejos, admiró en Milán la dorada y aventurera bohemia de los cantantes; en Roma, el esplendor de una aristocracia señorial y artista en perpetua rivalidad con la de París y Londres, y en Florencia, la elegancia inglesa emigrada en busca del sol, paseando sus canotiers de paja, las cabelleras de oro de las misses y sus parloteos de pájaro por los jardines donde meditaba el sombrío poeta y relataba Bocaccio sus alegres cuentos para alejar el miedo a la peste.
Aquel viaje, rápido como una visión cinematográfica, dejando en Rafael una confusa maraña de nombres, edificios, cuadros y ciudades, sirvió para dar a sus pensamientos más amplitud y ligereza, para hacer mayor aún el foso que le aislaba dentro de su vida vulgar.
Sentía la nostalgia de lo extraordinario, de lo original; le agitaba el ansia de aventuras de la juventud, y dueño de un distrito heredero de un señorío casi feudal, leía con el respeto supersticioso de un patán, el nombre de un escritor, de un pintor cualquiera; «gente perdida que no tiene sobre qué caerse muerta», según declaraba su madre, pero que él envidiaba en secreto, imaginándose una existencia llena de placeres y aventuras.
¡Cuánto hubiera dado por ser un bohemio como los que encontraba en los libros de Mürger, formando regocijada banda; paseando la alegría de vivir y el fiero amor al arte por ese mundo burgués, agitado por la calentura del dinero y las manías de clases! ¡Talento para escribir cosas hermosas, versos con alas como los pájaros, un cuartito bajo las tejas, allá en el barrio Latino; una Mimi pobre pero sentimental, que le amase hablando entre dos besos de cosas elevadas y no del precio de la naranja como aquellas señoritas que le seguían con ojos tiernos; y a cambio de esto daría la futura diputación y todos los huertos de su herencia, que aunque gravados por el padre con hipotecas y trampas, todavía le proporcionaban una renta deshonrosa para sus ensueños de bohemio!