Don Andrés se puso serio de repente, como si ante sus ojos pasase una pavorosa visión y añadió con tono respetuoso:

—Pero no: fuera bromas. No hagas caso de lo que digo. Tu madre sufriría un gran disgusto.

El nombre de doña Bernarda, representación de la temible virtud, al caer en medio de la conversación puso serios a todos los del corro.

—Lo que más extraño—dijo Rafael que deseaba desviar la conversación—es que todos se acuerden ahora de la hija del doctor. Han pasado años y más años, sin que nadie pronunciase su nombre.

—Estas son cosas de aquí—contestó el viejo.—Los de vuestra edad no la habíais visto, y vuestros padres, que conocieron al doctor y a su hija, han tenido siempre buen cuidado de no sacar a conversación a esa mujer, que, como dice tu madre es la deshonra de Alcira. De vez en cuando se sabía algo; una noticia que Cupido pescaba en los periódicos y propagaba por ahí; una revelación de la tonta doña Pepa, que contaba a los curiosos las glorias de su sobrina en el extranjero; muchas mentiras que se inventaban no se sabe dónde ni por quien. Todo esto quedaba oculto como el fuego bajo la ceniza. Si a esa muchacha no se le hubiera ocurrido volver a Alcira... nada. Pero ha venido, y de pronto todos hablan de ella, y resulta que saben o creen saber su vida, desembuchando las noticias de muchos años. ¿Queréis creerme, hijos míos? Yo la he considerado siempre una pájara de cuenta, pero aquí se miente mucho... mucho; se le levanta un mal testimonio al mismo verbo divino; y no será tanto como dicen... ¡Si fuese uno a hacer caso! ¿No era el pobre don Ramón el más grande hombre de esta tierra? ¿Y qué cosas no decían de él?...

Ya no se habló más de la hija del doctor Moreno. Rafael sabía cuanto deseaba. Aquella mujer había nacido a corta distancia de donde él nació; sus infancias habían transcurrido casi juntas y, sin embargo, en el primer encuentro de su vida, se habían sentido separados por la frialdad de lo desconocido.

Esta separación sería cada vez mayor. Ella se burlaba de la ciudad, vivía fuera de su influencia, en pleno campo, despreciándola, y la ciudad no iría a ella.

¿Cómo aproximarse?... Rafael estuvo tentado aquella misma tarde, paseando sin rumbo por las calles de buscar en su tienda al barbero Cupido. El alegre bohemio era el único de Alcira que entraba en su casa. Pero lo detuvo el miedo a su lengua murmuradora.

A su respetabilidad de hombre de partido le repugnaba entrar en aquella barbería empapelada con láminas de El Motín y presidida por el retrato de Pí y Margall. ¿Cómo justificaría su presencia allí, donde jamás había entrado? ¿Cómo explicar a Cupido su interés por aquella mujer, sin exponerse a que en la misma noche lo supiera toda la ciudad?

Pasó por dos veces frente a los rayados cristales de la barbería, sin atreverse a poner la mano en el picaporte, y acabó por salir al campo, siguiendo la orilla del río, lentamente, con la vista fija en aquella alquería azul, que nunca había llamado su atención, y ahora le parecía la más hermosa del dilatado paraíso de naranjos.