El alcalde, fiel a la dinastía de los Brull, estaba perplejo. Le atemorizaba el populacho y quería acceder, como de costumbre, pero era grave falta no consultar al quefe. Por fortuna, cuando la gran masa negra comenzaba a revolverse indignada por su silencio y salían de ella silbidos y gritos hostiles, llegó Rafael.

Doña Bernarda le había hecho salir al primer asomo de la popular manifestación. En aquellas circunstancias era cuando se lucía su marido, dando disposiciones que de nada servían. Pero al volver el río a su normalidad y desaparecer el peligro, el popular rebaño admiraba sus sacrificios, llamándole el padre de los pobres. Si el milagroso santo había de salir, que fuese Rafael quien concediera el permiso. Las elecciones de diputados estaban próximas; la inundación no podía llegar con más oportunidad. Nada de imprudencias, ni de darla un susto; pero debía hacer algo, para que la gente hablase de él como hablaba de su padre en tales casos.

Por esto Rafael, después de hacerse explicar por los más exaltados el deseo de la manifestación ordenó con majestuoso ademán:

—Concedido: que saquen a San Bernat.

Entre un estrépito de aplausos y vivas a Brull, la negra avalancha se dirigió a la iglesia.

Había que hablar con el cura para sacar el santo, y el buen párroco, bondadoso, obeso y un tanto socarrón, se resistía siempre a acceder a lo que él llamaba una tradicional mojiganga. Le complacía poco salir en procesión, bajo un paraguas, con la sotana remangada, perdiendo a cada paso los zapatos en el barro. Además, cualquier día, después de sacar en rogativa a San Bernardo, el río se llevaba media ciudad, ¿y en qué postura,—como decía él—quedaba la religión por culpa de aquella turba de vociferadores?

Rafael y sus acólitos del ayuntamiento se esforzaban por convencer al cura, pero éste sólo contestaba a su petición preguntando si venía agua de Cuenca.

—Creo que sí—dijo el alcalde.—Ya ve usted que con esto aumenta el peligro y se hace más precisa la salida del santo.

—Pues si viene agua de allá—contestó el párroco,—lo mejor es dejarla pasar, y que San Bernardo se quede en su casa. Estas cosas de santos se han de tocar con mucha discreción, créanme ustedes... Y si no acuérdense de aquella riada en la que el agua iba por encima de los puentes. Sacamos el santo, y poco faltó para que el río se lo llevara agua abajo.

La muchedumbre inquieta por la tardanza, gritaba contra el cura. Era una escena extraña ver al hombre de iglesia protestando en nombre del buen sentido; pretendiendo luchar contra las preocupaciones amontonadas por varios siglos de fanatismo.