Distinguía perfectamente su arrogante silueta en el cuadro luminoso del balcón, entre las otras figuras negras que iban y venían curiosas y alborozadas por el inesperado arribo.
Se aproximaron al balcón. Puestos de pie tocaban los hierros del antepecho, y el barbero, erguido en la proa, buscaba el punto más fuerte para amarrar la barca.
Leonora, apoyando en la balaustrada su pecho soberbio, inclinaba la cabeza, brillando a la luz de la antorcha el casco de oro de su opulenta cabellera. Buscaba conocer en la penumbra a aquel otro tripulante que permanecía sentado y encogido junto al timón.
—¡Pero qué buen amigo es este Cupido!... Gracias, muchas gracias. Esta es una atención de las que no se olvidan... ¿Pero quién viene con usted?...
El barbero ataba ya la barca a los hierros cuando Leonora le hizo esta pregunta.
—Es don Rafael Brull—contestó con lentitud.—Un señor al que creo ha visto usted otra vez. A él debe agradecerle la visita. La barca es suya, y él es quien me metió en la aventura.
—Gracias, caballero—dijo Leonora saludando con una mano que al moverse lanzó relámpagos azules y rojos de todos los dedos cubiertos de sortijas.—Repito lo mismo que dije a nuestro amigo. Pase usted adelante y perdone el modo extraño con que le hago entrar en la casa.
Rafael estaba en pie y saludaba con torpes movimientos de cabeza, agarrado a los hierros del balcón. Saltó Cupido dentro de la casa y le siguió el joven, esforzándose por mostrar una gallarda soltura.
Realmente no se dio cuenta de cómo entró. Eran demasiadas emociones en una noche; primero la vertiginosa marcha por el río a través de la ciudad, entre rápidas corrientes y remolinos, creyendo a cada momento verse tragado por aquel barro líquido sembrado de inmundicias; después la confusión, el esfuerzo desesperado, el bogar sin rumbo por las tortuosidades de la campiña inundada, y ahora, de repente, el piso firme bajo sus pies, un techo, luz, calor y la proximidad de aquella mujer que parecía embriagarle con su perfume y cuyos ojos no podía mirar de frente, dominado por una invencible timidez.
—Pase usted, caballero—le decía.—Necesitan reponerse después de esta locura. Están ustedes mojados... ¡pobres! ¡cómo van!... ¡Beppa!... ¡tía! Pero pase usted.