Y calló, mostrando en su repentina seriedad la molestia que le causaba la ligera alusión al pasado.
Quedaron los dos en silencio un buen rato, hasta que Leonora reanudó la conversación.
—La verdad es que si el agua sigue subiendo, a usted le hubiéramos agradecido la vida... Vamos a ver, con franqueza; ¿por qué ha venido usted? ¿Qué buen espíritu le ha hecho acordarse de mí a quien apenas conoce?
Rafael enrojeció de rubor, tembló de cabeza a pies, como si le exigiera una confesión mortal. Iba a soltar la verdad, a volcar de un golpe su pensamiento, con todos los ensueños y las angustias de aquellos días, pero se contuvo y se asió a un pretexto.
—Mi entusiasmo por la artista—dijo con timidez.—Yo admiro mucho el talento de usted.
Leonora prorrumpió en una ruidosa carcajada.
—¡Pero si usted no me conoce! ¡Si usted no me ha oído nunca!... ¿Qué sabe usted de eso que llaman mi talento? A no ser por ese parlanchín de Cupido, hasta ignorarían en Alcira que yo canto y soy conocida fuera de aquí.
Rafael quedó aplastado por la réplica; no se atrevía a protestar.
—Vamos, Rafael—continuó cariñosamente la artista—no sea usted niño ni pretenda turbarme con esas mentirillas semejantes a las que se usan para engañar a la mamá. Yo sé por qué ha venido aquí. ¿Cree usted que no le han visto desde este mismo balcón rondando la casa todas las tardes, apostándose en el camino como un espía? Está usted descubierto, señor mío.
El tímido Rafael creía que el balcón iba a hundirse bajo sus pies. Temblaba de miedo, arrebujábase en el manto de pieles, sin saber lo que hacía y protestaba con enérgicas cabezadas, negando las afirmaciones de Leonora.