Mientras se ajustaba al cuerpo las prendas de su traje ya secas, Leonora le miraba fijamente.

—Quedamos entendidos, ¿eh?—preguntó con lentitud.—Amigos, sin esperanza de más. Si rompe usted el pacto, no entrará aquí, ni aun por el balcón como esta noche.

—Sí; amigos y nada más—murmuró Rafael con sincero acento de tristeza que pareció conmover a Leonora.

Sus ojos verdes se iluminaron; brilló el polvo de oro que moteaba sus pupilas y avanzó hacia Rafael, tendiéndole la mano.

—Buen muchacho; así me gusta: resignado y obediente. Por esta vez y en premio a su cordura, habrá extraordinario. No nos despidamos así... Como en la escena. Bese usted.

Y puso su mano al nivel de la boca del joven. Rafael la agarró ávidamente y besó, besó, hasta que Leonora, desasiéndose con un brusco movimiento que demostraba su extraordinario vigor, le amenazó con su mano.

—¡Ah, tunante!... ¡Bebé travieso! ¡Qué manera de abusar! ¡Adiós! ¡adiós! Cupido llama... Hasta la vista.

—Y le empujó al balcón, a cuyos hierros estaba agarrado el barbero sosteniendo la barca.

—Salta, Rafael—dijo Cupido.—Apóyate en mí; el agua desciende y la barca está muy baja.

Rafael se deslizó en su bote blanco, manchado por el agua rojiza. El barbero movió los remos; comenzaron a alejarse.