—Lo celebro mucho—dijo la artista.—Así saldrá usted pronto de aquí; le perderé de vista, que bien lo necesito; porque usted, apreciable niño, ya iba resaltándome pesado con sus asiduidades de adorador y su muda admiración de pegajoso. Allá en Madrid se curará de tales tonterías... No me diga usted que no; no haga juramentos. ¡Si sabré lo que son los jóvenes! Usted es igual que todos. Cuando volvamos a vernos llevará usted en el pensamiento otras imágenes. Yo seré su amiga nada más; es lo que deseo.

—¿Pero la encontraré aquí cuando vuelva?—preguntó Rafael con ansiedad.

—Quiere usted saber más que todos los que me han conocido. ¿Qué sé yo si estaré aquí? Nadie en el mundo ha estado seguro de tenerme. Ni yo misma sé dónde estaré mañana... Pero no—continuó con gravedad;—si viene usted en primavera aquí me encontrará. Pienso permanecer hasta entonces. Quiero ver cómo florece el naranjo; volver a mis recuerdos de niña, la única memoria de mi pasado que me ha seguido a todas partes. Muchas veces he ido a Niza, gastando un dineral para ver florecer cuatro naranjos de mala muerte; ahora quiero embriagarme en la inundación de azahar de estos campos. Es el único deseo que me sostiene aquí... Estoy segura. Si vuelve usted para entonces, me encontrará y nos veremos por última vez, porque después irremisiblemente levanto el vuelo, aunque llore y rabie la pobre tía... Por ahora estoy bien aquí. ¡Qué cansada me encuentro! Esto es una cama después de un largo viaje. Sólo un gran suceso me obligaría a saltar.

Se vieron aún muchas tardes en el jardín, saturado de olor de las naranjas maduras. El inmenso valle azuleaba bajo el sol de invierno; las naranjas, asomaban sus caras de fuego entre las hojas, como ofreciendo a las manos laboriosas que las arrancaban de las ramas. En los caminos chirriaban los ejes de los carros balanceando sobre los baches sus montones de dorados frutos; sonaban en los grandes almacenes los cánticos de las muchachas encargadas de escoger y empapelar las naranjas; retumbaban los martillos sobre los cajones de madera, y en oleadas de tráfico salían hacia Francia e Inglaterra las hijas del Mediodía, aquellas cápsulas de piel de oro, repletas de dulce jugo que parecía miel del sol.

Leonora, de pie junto a un viejo naranjo, volviendo la espalda a Rafael, buscaba entre las apretadas ramas, empinándose sobre las puntas de los pies, balanceando las arrogantes y graciosas curvas de su robustez esbelta.

—Mañana me voy—dijo el joven con desaliento.

Leonora se volvió. Había cogido una naranja y abría su piel con las sonrosadas y largas uñas.

—¿Mañana?—dijo sonriente.—Todo llega por fin... Que tenga usted grandes éxitos, señor diputado.

Y acercando a su boca el perfumado fruto, clavaba en la dorada carne sus dientes blancos y brillantes. Cerraba los ojos con delicia, como embriagada por la tibia dulzura del jugo. Crujían los gajos entre sus dientes, y el líquido de color de ámbar rezumaba, cayendo a gotas por la comisura de los labios carnosos y rojos.

Rafael estaba pálido y tembloroso como si le agitase un propósito criminal.