Los partidarios le habían obsequiado con una serenata hasta más de media noche. Los más notables se mostraban ofendidos por haber pasado toda la tarde en el casino esperando en vano al diputado. Este, apareció allí al anochecer, y después de estrechar de nuevo manos y contestar saludos como por la mañana, volvió a su casa sin atreverse a levantar la cabeza ante su madre.

Tenía miedo a aquellos ojos iracundos, en los que podría leer seguramente el relato de cuanto había hecho por la tarde; pero al mismo tiempo abrigaba el propósito de desobedecer a su madre, oponiendo a su energía una resistencia glacial.

Apenas terminó la serenata, se metió en su cuarto, huyendo de toda explicación con doña Bernarda.

Hundido en la cama y apagada la luz, sentía una intensa voluptuosidad recordando todo lo ocurrido aquella tarde. El cansancio del viaje, la mala noche pasada en el vagón, no le daban sueño, y con los ojos abiertos en la obscuridad iba reconstituyendo lo que la artista le había contado a última hora paseando por el jardín. Era casi toda la historia de su vida, confesada en desorden, como impulsada por el ansia de descargar en alguien sus secretos, con lagunas y saltos que Rafael rellenaba haciendo esfuerzos de imaginación.

Los recuerdos de su viaje por Italia volvían a él vivos y latentes, como refrescados por las revelaciones de Leonora.

Veía en la densa obscuridad la Galería Víctor Manuel, de Milán, con su inmenso arco triunfal, boca gigantesca que parece querer tragarse la catedral; el Duomo, que se alza a pocos pasos, coronado por un bosque de estatuas y caladas agujas.

La doble galería cortándose en forma de cruz, con sus muros cubiertos de columnas, perforados por cuatro filas de ventanas soportando la gran techumbre de cristales. Los pisos bajos, casi sin pared exterior, todos de cristal; escaparates de librerías y almacenes de música, vidrieras de cafés y cervecerías, tiendas de joyeros y sastres deslumbrantes de lujo.

A un extremo el Duomo; al otro el monumento a Leonardo de Vinci, y el teatro famoso de la Scala: y en los cuatro brazos de la Galería, un continuo movimiento de gente, un incesante ir y venir de grupos que se confunden y se separan, de manos que se estrechan, de gritos que expresan la sorpresa del reconocimiento; cuádruple avalancha que afluye al centro de la cruz, a la replaza donde el café Biffi, conocido en todos los teatros del mundo, extiende sus filas de veladores de mármol. Los pasos suenan en las galerías como en un claustro inmenso, los gritos se confunden y la alta montera de cristales parece palpitar con el zumbido de las hormigas humanas que abajo se agitan día y noche.

Allí está el mercado de los artistas; la lonja de la música, el banderín reclutador de voces. De allí salen para la gloria o para el hospital todos los que un día se tocaron la garganta, reconociendo que tenían algo, y arrojaron la aguja, la herramienta o la pluma, corriendo a Milán desde todos los extremos del mundo. Allí se reúnen para digerir los macarrones de la trattoría esperando que el mundo les haga justicia, sembrando de millones el camino de su vida, todos los reclutas infelices del arte: los que empiezan, y para entrar en la gloria buscan una contrata en cualquier teatrillo municipal del Milanesado y un suelto en el semanario de la localidad, enviándolo a su país para que amigos y parientes crean en sus grandes triunfos. Y mezclados con ellos, abrumándoles con la importancia de su pasado, los veteranos del arte, los que hicieron las delicias de una generación casi desaparecida: tenores con canas y dientes postizos; viejos fuertes y arrogantes que tosen y ahuecan la voz para hacer ver que aún conservan la sonoridad del barítono; gente que pone en movimiento sus ahorros, con esa tacañería italiana comparable únicamente a la codicia de los judíos y presta dinero o abre tienda después de haber arrastrado sedas y terciopelos sobre las tablas.

Las dos docenas de eminencias universales que cantan en los primeros teatros del mundo, al pasar por la Galería despiertan el mismo rumor de admiración que los reyes cuando se dejan ver de sus súbditos. Los parias del arte, siempre en espera de contrata, saludan con veneración y hablan del castillo del lago de Como comprado por el gran tenor, de las deslumbrantes joyas de la eminente tiple, del modo gracioso con que se coloca el sombrero el aplaudido barítono, y en sus palabras de admiración hay un sabor de amargura contra el destino, un estremecimiento de envidia, la convicción de ser tan dignos como ellos de tales esplendores, la protesta contra la mala suerte a la que atribuyen su desgracia.